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sábado, 7 de julio de 2012

Confidencias de un viejo domador


[Imagen tomada del blog "ecologíablog.com"]


            Nunca fue una buena profesión, te lo aseguro. Menos, lo sabes bien, en estos tiempos, en que la gente perdió la capacidad de sorpresa e incluso los niños prefieren hundir sus narices en los laberintos de una consola a plantarse con la boca de par en par abierta ante alguien capaz de controlar en una jaula a diez fieras. Somos una especie en extinción. Igual que el circo. Y, bien pensado, ¿a quién le extraña? ¿Quién puede suspirar por una vida errante, sin patria y sin hogar, abrazados a la nieve, el barro, la lluvia, el sol o el polvo de los caminos? Lo de menos, si lo piensas bien, es el riesgo de andar media vida encerrado entre tigres, azuzando su miedo con el restallido de un látigo y la resonancia altanera de tu voz. Rara vez, te lo aseguro, una de esas alimañas se enfrentará contigo. A fin de cuentas no conocen la selva y en el fondo no saben de lo que son capaces. Pero, ay amigo, otra cosa es la vida trashumante, ese peregrinar de pueblo en pueblo, de provincia en provincia; ese lidiar con las autoridades o el distinguido público. No es una buena profesión, aunque, si te soy sincero, dudo de que alguna vez hubiera servido para cualquier otra. Claro, que eso es algo muy personal. Y no sé si en tu caso...

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