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martes, 24 de julio de 2012

De los tiempos sin rostro


[Imagen tomada de la página Canonistas.com]


            El señor López, tan cabalito él, tan minucioso, tan atento a sus cosas, tan previsor, se levantó aquella mañana con la sensación de que algo escapaba a su control, algo importante y perentorio, para lo que, sin embargo, no encontraba ninguna respuesta. Si el señor López hubiera sido una de esas personas que todo lo apuntan y lo someten a la dictadura de la agenda, habría podido salir de dudas inmediatamente. Una consulta al susodicho dietario y todo arreglado. Pero el señor López también tenía su vanidad, y ésta lo llevaba a confiar hasta límites insospechados en su memoria, de la que presumía siempre que tenía ocasión. Quizá por eso mismo, el hecho de que hubiese algo que escapara a su control le inquietaba, hasta el punto de sentir una sensación rayana en la ansiedad.
            Tras el desayuno volvió a repasar, punto por punto, las tareas previstas para la jornada. Punto por punto, confirmó que nada había más allá de aquellas gestiones programadas y, de algún modo, insertadas en lo que solía ser la rutina de sus días. Convencido de ello, una vez aseado y vestido, salió a la calle y comenzó a andar.
            Apenas había caminado cien o doscientos metros cuando ese estremecimiento que sintiera al levantarse volvió a hacerse presente. En esta ocasión, alimentado por el hecho de que todas las personas con las que se cruzaba eran varones: hombres que marchaban sin prisa, distraídos, tropezándose a cada paso y hundiendo los pies en los charcos que la lluvia caída durante la noche formara en las irregularidades de las aceras; hombres que ocultaba la faz al cruzarse con él, y de los que, en un momento determinado, comenzó a sospechar que acaso carecieran de rostro. En el puesto de prensa, sin embargo, lo atendió el mismo joven de cada mañana, y eso volvió a calmarle. Durante poco tiempo, no obstante. Pues al llegar a la boca de Metro continuaba sin ver una sola figura femenina, ni un rostro que cruzara con él una mirada; como tantas otras mañanas, soñolienta y ausente.
            El señor López, tan cabalito él, tan minucioso, tuvo la completa seguridad de que algo, definitivamente, se le escapaba de las manos. Los trenes no llegaban, no había nadie, y se habían detenido todos los relojes. Por fin, al cabo de algunos minutos, oyó el silbido de una locomotora y el ruido de un convoy aún en el túnel, acercándose a la estación. Sin embargo, al detenerse, observó que en los vagones no viajaba nadie: nadie salía y nadie a su alrededor se apresuraba, como cada mañana, para intentar ocupar un asiento. Por un instante dudó sobre la conveniencia de entrar, o no, en el compartimento. Por fin lo hizo. Las puertas se cerraron y aquello comenzó a moverse. Sin apenas darse cuenta se hundió en la oscuridad.

4 comentarios:

  1. Trataré de describir lo que tu breve relato me ha inspirado, Antonio; la impotencia de los seres humanos cuando nos enfrentamos a lo que creemos irreversible en esta sociedad, tal vez, sin serlo, esa telaraña que nosotros mismos hemos creado y que nos ciega y nos engulle sin contemplaciones.

    Un abrazo

    FINA

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    1. La verdad, Fina, es que el relato es consecuencia mitad de un sueño, mitad escritura automática, por lo que, dada su ambigüedad, puede prestarse a diversas interpretaciones, desde la que tú apuntas hasta, acaso, una metáfora de la muerte misma.

      Aprovecho para pedir disculpas por haber subido este relato por segunda vez, pues ya lo hice el 22 de sptbre. del pasado año; algo que no recordaba y que me ha hecho ver un buen amigo.

      Un abrazo.

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  2. Es la muerte, verdad?
    Aunque fuese así... es muy buena prosa

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    1. Acaso, sí.
      Gracias por el halago.

      ¿Anónimo? ¿Anónima?

      Saludos.

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