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domingo, 26 de agosto de 2012

La Hermandad Giba

[Imagen tomada de http://lauradiazsqutesa.blogspot.com.es]

 
                                                                     Para F. S. C., El Gran Giba y demás hermanos.
 
         No soy amigo de afiliaciones. No soy socio de ningún club deportivo ni de un partido político, ni tampoco de sociedad gastronómica, centro de amigos ni nada que suponga la tenencia de un carné que confirme el pertenecer a ninguna colectividad. Sin embargo, hubo un tiempo, allá en mi adolescencia, en que fui miembro de una sociedad secreta. O, si no secreta, sí al menos selecta. Tal asociación no fue otra que La Hermandad Giba, compuesta únicamente por cuatro socios, todos compañeros de clase, bajo la dirección y tutela de El Gran Giba. ¿Que por qué tal nombre, tan poco respetable? Muy sencillo. Cuantos formábamos el grupo tendíamos a ser un poco caídos de hombros, de modo que, sin exagerar, cada uno de nosotros lucía una moderada joroba que, afortunadamente, con los años, si no desterramos, disimulamos al menos.
        Uno de los mandamientos esenciales por los que se regía la Hermandad sentenciaba: Haced cada día una gibada, que no era otra cosa que alguna pequeña gamberrada; esencialmente entre nosotros y, a veces, a compañeros y amigos, aunque no perteneciesen a la susodicha sociedad. Las bromas no debían nunca rallar en lo grosero, y primaba la originalidad e inventiva. Para ello se permitían las distintas alianzas entre socios; alianzas que, por supuesto, nunca eran duraderas, pues siempre estábamos dispuestos a romperlas si con ello dábamos en una nueva broma al que resultase más distraído.
         Con el paso del tiempo apenas recuerdo gibadas concretas, aunque aún regresa de vez en cuando a mi memoria una especialmente malvada que bien pudo acarrear, digamos, daños colaterales; algo que, por suerte, no llegó a suceder. Me explicaré:
         Se dio la circunstancia de que a uno de los amigos de la pandilla (no de nuestra sociedad) le tuvieron que operar de apendicitis. Entonces, todavía sin Hospital de la Seguridad Social en nuestro pueblo, le intervinieron en una clínica privada, aunque esto, para el caso, hubiera dado igual. Nuestro amigo, previendo el tiempo que estaría ingresado —entonces, por una apendicitis, no era menos de una semana o diez días—, nos pidió que le llevásemos algún libro para entretenerse. El libro lo recuerdo muy bien: San Manuel Bueno, mártir, y otras obras de Unamuno, de la Colección Clásicos Universales, de Círculo de Lectores. Una lectura que acaso para un joven de dieciséis o diecisiete años ahora pueda resultar extraña, pero que para nosotros no lo era en absoluto.
       Una tarde, a la salida del instituto, fuimos a verlo los amigos, y a dejarle el libro. Hasta aquí, nada extraño. La sorpresa es que, perdida entre las páginas de aquel tomo, introdujimos una esquela de dudoso gusto en la que tras la obligada cruz y las iniciales R.I.P., se decía algo parecido a esto: Orad hermanos por el alma de (el nombre de nuestro amigo), fallecido tras operación de apendicitis en la muy noble y muy leal ciudad de Talavera de la Reina. Sus apenados amigos, El Gran Giba y los hermanos Gibas, huérfanos tras su marcha, agradecen las muestras de dolor por tan irremediable pérdida y piden una oración al dios Giba por su eterno descanso. 
        Cumplido el encargo y tras unos minutos de compañía, nos despedimos de él, dejándole postrado en la cama, en compañía de su madre y de una tía.
          Al día siguiente, volvimos a cumplir con el ritual de la visita. Esta vez, al vernos aparecer por la puerta, observamos como esbozaba una sonrisa malévola mientras nos dedicaba cariñosos saludos que no me atrevo aquí a reproducir. Su madre, presente entonces, también nos lanzaba miradas entre admonitorias y cómplices. Evidentemente, habían hallado la esquela. Más o menos, la escena, según nos contaron, debió de ser algo así: Después de irnos, nuestro amigo dio en la página en la que aquel macabro documento aguardaba. En un principio algo distraído, desdoblaría la cuartilla y la leería. Hacerlo y comenzar a desternillarse, incapaz de articular palabra, sería todo uno. Entonces, agitaría el papel como único signo de comunicación con los presentes, y su tía, la persona más próxima a él en ese momento, tomaría el documento en su manos y lo leería. Sin embargo, lejos de parecerle tan divertido como a nuestro amigo, comenzaría a despotricar contra los autores de tal recordatorio: Que si vaya amigos que tienes; que qué intenciones; que les parecerá bonito... Con lo cual el paciente, lejos de calmar su hilaridad, se agitara más y más, de modo que hubo un momento en que temieron por la estabilidad de los puntos de sutura aplicados en la reciente intervención; algo que, como apuntaba al principio, afortunadamente no ocurrió.
            Así nos divertíamos entonces. Pensándolo bien, humor muy fino no es que fuera.

2 comentarios:

  1. ¡Vaya pandilla, Antonio!
    Bien por tu amigo operado: sentido del humor a tope.
    Lo que no puede decirse de su tía; me ha recordado a la del pueblo de Gila: "Señora, si no sabe aguantar una broma váyase del pueblo". Anda que no.

    Abrazo.

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    1. Pues sí, como para recordar a Gila. En eso y en aquello otro del niño que había sacado la lengua a la niña: "Son cosas de críos". "Sí, pero no hay manera de cortarle la hemorragia." Poco más, y nuestro amigo se ve en una tesitura parecida. ¡Qué bestias, madre! Y eso que leíamos a Unamuno (guiño cómplice.)

      Abrazos.

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