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domingo, 7 de octubre de 2012

Biografía

[Acueducto nocturno © Jesús García Martín]


                                   Ya sólo quiero envejecer contigo.     

                                                            Abelardo Linares

Yo era como vosotros. Caminaba
dando tumbos a solas por las calles,
sin más prisa que un vaso de cerveza
y otra ciudad de la que huir. Sabía
que siempre era lo mismo, que aunque fuese
visitando sin tregua las ciudades
del mundo, viviéndolas, aprendiéndome
sus trazados incluso de memoria,
acabaría huyendo nuevamente
hacia ningún lugar. Porque está claro
que huimos, sobre todo, de nosotros,
de esos ojos que escrutan obsesivos
cada mañana, mientras la cuchilla
se desliza precisa por el rostro
para borrar la cicatriz del sueño.
Huyéndome vivía. Solamente
la tinta y el papel me rescataban
de mí mismo, hacia mí; por las cuartillas,
manchadas de deseo y de tristeza,
se acumulaba toda la memoria
de ese deshabitado, que era yo.
Fue preciso saber que me vivía
otra mujer; vivirla con el mismo
afán con que escapaba de mi nombre;
aprenderme su piel y su sonrisa
hasta que fueron mi sonrisa y piel,
para dejar de ser aquella sombra
con la que conviví tantos inviernos.
Desde ese instante, instalado en sus ojos,
no me he vuelto a enredar en mis desvelos.
Ya sé quién soy y lo que quiero: sólo
despertar a su lado cada día.

6 comentarios:

  1. Emocionante poema amor. Sugestiva (para mí) fotografía que intento unir al sentido del texto. Al fin y al cabo el amor es el puente que une dos personas, lleno de ojos, como este viejo amigo, llamado acueducto.
    Un abrazo.

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    1. Gracias, Amando. (Disculpa por la tardanza de mi respuesta: asuntos más urgentes me reclaman en los últimos tiempos). Creo que has apuntado bien en esa asociación Poema/imagen: el puente (en este caso, acueducto) metáfora de encuentros y caminos.

      Un abrazo.

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  2. No sé si ya lo conocía (juraría que sí), pero merece la pena leerlo y releerlo. Muy adecuada, como dice Amando, esa imagen del arco interior del acueducto: la madeja de piedras romanas, heridas pero supervivientes, sin argamasas ni ortopedias, nos sigue dando una lección inolvidable de equilibrio entre gravedad y ligereza. ¿Y que otra cosa viene a ser el amor que dura y se sostiene en el tiempò?

    Al leer el penúltimo verso, me acordaba de las últimas palabras de don Quijote. Ojalá que no nos falte nunca la raya de luz de la conciencia.

    Un abrazo.

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    1. Supongo que sí, Alfredo; que lo habrías leído ya. Gracias por tus palabras, y disculpa el retraso. Ya sabes, asuntos propios.

      Un abrazo.

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  3. Que bonita declaración de amor a esa persona especial. Siempre es un placer leerte.
    Un saludo

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    1. Carmen, siempre es un placer recibirte en este rincón de verbos y penumbras. Tus palabras, como siempre, muy generosas.

      Un abrazo.

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