Rastros (Busca por aquí cualquier entrada con palabras-clave):

miércoles, 19 de diciembre de 2012

El alcaller (*)



 [Cerámicas © Jesús García Martín]
Giraba el torno lentamente, y las manos del alcaller, acostumbradas al tacto del barro, modelaban la pieza con precisión y oficio. Se alzaba la arcilla con sorprendente ligereza, y lo que apenas antes era una masa roja y húmeda, tomaba forma de ánfora, grácil y delicada. Desde la puerta, sin atreverme a entrar, miraba al hombre con asombro. Miraba sus manos, el imperceptible rumbo de sus dedos, que mandaban en el corazón silente del barro. Admiraba su magia. Él terminó de perfilar un asa, la unió al cuello del recipiente, limpió el barro sobrante: concentrado en sus gestos, como si la mínima distracción fuera a arruinar el resultado final de aquel trabajo. Al verme,  me invitó con una sonrisa a que me aproximase. Lo hice, aun contradiciendo las recomendaciones dadas por mi tío, quien en aquellos momentos cerraba con el contable algún pedido de cántaros, vasijas, platos...
            —¿Te ha gustado? —me preguntó, refiriéndose al milagro del barro al que acababa de asistir— ¿Te gustaría hacer tu propia taza?
            Mis ojos debieron de iluminarse mientras una sonrisa acudía a mis labios. “Sí”, le dije; impaciente ya porque me dejara maniobrar en el torno y mancharme las manos. Entonces, el alcaller, tras aclararse las suyas en una lata que tenía al lado, me sentó en sus rodillas, luego cogió una porción de barro que amasó ligeramente y depositó en la rueda. Tomó mis manos entre las suyas, las acercó a la arcilla y comenzó a dar al pedal con su pierna derecha. Noté cómo aquella piel rojiza se pegaba a la mía y, enseguida, cómo tomaba forma, obediente al dictado de mis dedos niños. Fue entonces cuando mi tío, en compañía del contable, se asomó al taller.
            —¿No te he dicho que no molestaras? —me recriminó.
            —Va a ser un buen artesano —respondió el barrero—. Se le ve en las manos.
            Hoy, muchos años más tarde, pienso en aquel alcaller y en su afán de perfección. Yo sigo levantando el barro.





(*) Para Alfredo J. Ramos, porque tiene razón al afirmar la belleza de esta palabra, alcaller; para que no se pierda.



4 comentarios:

  1. Muchas gracias, Antonio. Un honor. Además, solo se me ocurre decirte: esta ya está salvada. Un abrazo fuerte.

    ResponderEliminar
  2. Sí que es hermosa esa palabra; hasta ahora no la conocía.
    Gracias a ambos por traerla aquí.

    Pdta: ¿cómo quedó la taza?

    Abrazos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hay tantas palabras, Elías, que no conocemos. Ésta, por ser de tierra alfarera y, dicho sea de paso, por haberse llamado así una revista que se publicó hace... (demasiados años) en el instituto, estaba un poco más a mi alcance. ¿La taza? Supongo que por ser la primera pieza, con sus lógicos defectos. Lo importante es que despertó en el protagonista el afán por la obra bien hecha; algo que, dicho sea de paso, en estos tiempos, parece carecer de importancia para muchos.

      Abrazos.

      Eliminar