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martes, 31 de enero de 2012

La eternidad que habita en los instantes



Van pasando los días con la etiqueta de lo predecible. Días monótonos de gestos y palabras, de luces y de encuentros. Así pasan los lunes, los martes, los miércoles… Y hay poca diferencia en cada haz de veinticuatro horas en que la tierra gira sobre sí. Rumores reiterados, gestos vacíos. La vida se dilata lentamente en esa sucesión de calendario. Y a veces nos parece que tal repetición se asemeja a la inmortalidad. Por un instante, incluso, podríamos pensar que somos suficientes frente a la muerte, que somos intocables para ella. Pero algo así sólo sería soberbia, insensatez, locura. Porque la muerte habita en nuestros actos, limándonos los sueños poco a poco, limándonos la vida latido tras latido. La muerte, que de pronto se aparece, nos ciega, nos deja malheridos. Porque se lleva a alguien que queremos, a alguien que nos quiere, a alguien con el que compartimos tantas cosas y que, a partir de entonces, de ese momento que es una frontera entre el ser y el no ser, nos dejará en desolada orfandad. Somos, por tanto, súbditos de ese sueño en donde no se sueña; prisioneros de esa cárcel en donde el tiempo deja de medirse. Y aunque en nuestro diario trajinar espantemos tan terrible certeza, porque de lo contrario sería imposible enfrentarse a la vida, no hay mayor certidumbre que ese punto final que en ella habita. Por eso, hasta llegar a él, será preciso que ensayemos fugaces paraísos en donde la amistad y el amor serán imprescindibles. Como también la belleza, la ternura, la risa, la razón, el gozo. Conceptos, por sí mismos, capaces de tornar esa monotonía de las horas, su rumor cotidiano, por islas de placer, por mínimos edenes en donde, entonces sí, rozar —y ello será bastante— la eternidad que habita en los instantes.

domingo, 29 de enero de 2012

ARTERESTAUROMADRID



       Un buen amigo me informa de la puesta en marcha de esta aventura emprendedora, de la que aquí dejo constancia por si alguno de vosotros precisara en algún momento de sus servicios. Con total garantía.


viernes, 27 de enero de 2012

De amor y azar



           Me pregunto cuántos sueños caben en la palabra amor, cuántas esperanzas y deseos; también, a veces, cuántos desengaños. Y vengo a responderme, no sé si con fortuna, que cuantos sueños alzamos en palabra tan bella, cuantas esperanzas y deseos ponemos en su armazón de luz, ya están, o no, en nosotros; de nosotros depende que se cumplan. Porque el amor, tras el primer azar, es algo que hemos de construir a cada instante: con gestos, con palabras, con caricias, con renunciaciones. También con complicidades y utopías. Y aunque es verdad que en tal tarea se exige la voluntad y el esfuerzo de dos, todo es más fácil cuando no olvidamos que esa línea a modo de horizonte, que separa el cielo del infierno, la trazamos nosotros. Para hacerla más firme o, definitivamente, para contribuir a su completa destrucción.

jueves, 26 de enero de 2012

Mientras la noche llega



          He estado todo el día tratando de escribir un poema, de dar forma a un relato, de agrupar las palabras de tal modo que la música surja entre sus sílabas. Pero nada de esto he conseguido. Mientras llega la noche, derrotado, me entrego a la cadencia del piano, al son del contrabajo, al rumor seductor de las baquetas. E imagino esa playa, esa muchacha... mientras la noche llega. 

martes, 24 de enero de 2012

Esa luz

 
[Playa de Levante, en Benidorm  © C. Elvira]

                                                                                         A Paco M.V. y a los suyos. 
                                                                                         A Ana y José Luis Ferris.  

Durante unos días hemos viajado al encuentro de la luz. Una luz única, a veces cegadora, siempre sorprendente: luz del Mediterráneo; luz de playa turística, tan huérfana en invierno. Durante unos días, menos de los que hubiéramos querido, hemos respirado esa preciosa luz. La hemos sorprendido en el lento balanceo de las olas, en el fulgor de los caballos alados de la espuma, en la tierra caliza de los montes, en los almendros, cerezos y naranjos. Con esa luz hemos visitado La Vall de Laguar; hemos visitado Leuka. Y en ambas partes hemos compartido conversación, amistad y compañía: tiempo gratificante, capaz de abrir las puertas a algo muy parecido a la felicidad.
Desde esa luz volvemos con el alma cargada de buenas sensaciones. Volvemos a otra luz, a nuestra luz, que acaso no sea única, ni por supuesto del Mediterráneo, pero que es la luz en la que venimos a reconocernos y desde la que, de cuando en cuando, partimos a otras luces, otras miradas y otras geografías.

miércoles, 18 de enero de 2012

Muchas gracias.

Esta mañana, en La Posada del Sol de Medianoche, que con tan buena mano regenta el amigo Alfredo J. Ramos, me encuentro con este regalo que nos ha alegrado el día. Muchas gracias.

lunes, 16 de enero de 2012

Las partidas

[Apertura de la última partida jugada]


Desde que me he enganchado al ajedrez,
ando, conmigo mismo, desquiciado.
Como además mi contrincante es dado
a no pecar jamás de estolidez,

caigo en sus trampas una y otra vez,
y una tras otra acabo derrotado.
Mas yo insisto, paciente y obcecado,
y vuelvo a demostrar mi intrepidez.

Él, a lo suyo, traza mil celadas
en las que, a mi pesar, me precipito
hasta sentirme esclavo de su yugo.

Y me desvelo muchas madrugadas
pensando en lo efectivo de un gambito.
Y hasta en formatear a mi verdugo.

sábado, 14 de enero de 2012

¿Victorias?

[Imagen tomada de la pág. underanolivetree.com]


     A base de derrotas repetidas se llega hasta la cumbre. Desde ahí sólo cabe el descenso.

viernes, 13 de enero de 2012

Un verdadero profesional

[Imagen tomada de http://finaldepagina.blogspot.com/]


            De Londres a Edimburgo, en este claro día de septiembre, el paisaje se muestra con una desbordante transparencia. El verde de los campos o el azul de los cielos o el mar, cuando se avista, son nítidos, precisos, rotundamente hermosos. El tren avanza a gran velocidad, y en el vagón apenas un rumor de voces rompe la quietud que sugiere el cuadro bucólico que se dibuja tras las ventanillas. Un viaje agradable, desde luego. El hombre, sin embargo, no está para paisajes; no para bucolismos ni líricas ideas. Se concentra en repasar una y otra vez los detalles del plan que ha de llevar a cabo con la misma precisión con que marca la hora un reloj suizo. Y sopesa riesgos y acciones alternativas, a realizar en caso de que algo de cuanto ha sido calculado con sumo celo no responda a tales previsiones. El hombre viste un traje gris marengo, una camisa de color azul muy claro y una corbata roja, granate sería más exacto apuntar. Calza unos zapatos negros, impolutos, con clase, y sobre el maletín que porta como único equipaje lleva una gorra gris, de lana y dibujo de espiguilla. Aunque finge leer con atención el periódico que le protege de las miradas curiosas del resto de los viajeros, y avanza y retrocede por sus páginas, su mente, ya se ha dicho, está en otra parte, un tiempo por delante de este en el que ahora viaja, imaginando una y mil veces el pase de esa película particular para la que ha sido contratado. Es cierto que no es la primera vez que llevará a cabo un trabajo como este. Es cierto, también, que si lo contratan es porque se ha creado una fama, una buena fama, en este tipo de tareas. Y es por tercera vez cierto que nunca antes ha tenido que activar ningún plan be, que siempre salió todo conforme a sus cálculos, que nada ni nadie pudo interferir, aunque alguien lo hubiera siquiera intentado, en su modus operandi. El hombre en suma, no hay duda, es un verdadero profesional. Alguien que sabe guardar la debida distancia con cuanto le rodea, que muestra el billete al revisor sin vacilaciones, que responde a la mirada casual de otro pasajero con una sonrisa amable, o con una leve y respetuosa inclinación de cabeza. Alguien, en resumen, que inspira confianza, a pesar de que la distancia que marca con cualquier intruso es manifiesta desde el primer momento.
            Cuando el tren hace una breve parada en Newcastle él continúa enfrascado en la falsa lectura del periódico. Bajan unos pasajeros, suben otros. Y por momentos, con el convoy nuevamente en marcha, se produce cierta agitación en los pasillos. Los nuevos viajeros se mueven en busca de los asientos asignados y en ocasiones deben pedir permiso a su compañero de viaje para pasar por delante y ocupar la plaza que les corresponde. Así, también él debe ceder el paso a una joven que se acomoda a su derecha, junto a la ventanilla, y que por un instante, al observarlo, tiene la impresión de que el hombre le es familiar. Incluso, instintivamente, le regala una bella sonrisa que, lejos de ser correspondida, recibe como única respuesta una mirada tan fría como el mar del Norte. Tras ello, la joven, que no tendrá más de veintitrés o veinticuatro años, abre un ordenador portátil, se ajusta sendos auriculares en los oídos y se sumerge en un mundo al que el hombre ni siquiera se asoma, pues continúa pendiente de cuanto le corresponderá llevar a cabo antes de lo que en realidad quisiera. En el fondo, y en contra de lo que aparenta a simple vista, no deja de sentir en el estómago algo parecido a una oruga que le corroyese lentamente. Es una inquietud que puede considerarse normal ante una acción como la que realizará en breve; algo parecido a lo que, según dicen, sienten artistas y actores de teatro antes de salir a un escenario. Algo que, por otra parte, desaparece desde el mismo momento en que la espera termina y comienza la acción. Tratando de espantar a ese ciempiés intruso que ronda en su barriga, intenta leer el diario (esta vez de verdad), o mira reiteradamente por la ventanilla, o contempla uno a uno a los pasajeros que tiene a tiro, apostando contra sí mismo sobre su edad, su estado civil, su profesión… De este modo, se puede decir que aplicado en matar el tiempo, el tren entra en Waberley Station, en donde le aguardará un coche que le trasladará al punto de reunión. Cuando el convoy está definitivamente detenido, se ajusta la gorra, toma el maletín y pone los pies en el andén.
            La climatología, desde que cuatro horas y media antes saliese de Londres con un día inusualmente luminoso, ha derivado hasta un cielo plagado de amenazadoras nubes, con un viento obsesivo y faltón que agita cuanto encuentra a su paso: toldos de comercios, banderas de edificios públicos u hoteles, faldas (tanto de féminas como de los varones que visten de acuerdo con las tradiciones escocesas), ramas de los árboles… Instintivamente, el hombre se alza el cuello de la americana y sale a la calle en busca del coche que lo espera. Enseguida, un hombre de unos sesenta años, con la cara muy roja y la nariz morada como una berenjena, se acerca hasta él y le indica hacia dónde dirigirse. Amablemente, le abre la portezuela de atrás y luego, ya acomodado, se sienta ante el volante, naturalmente a la derecha del vehículo, y se ponen en marcha. Durante el trayecto, por una carretera secundaria apenas transitada, ambos se mantienen en silencio. Tan sólo al principio, recién arrancado el auto, el chofer se ha permitido preguntarle si el viaje desde Londres le fue agradable. Sí, gracias, le responde. Y ambos vuelven al más absoluto silencio. No llevan cinco minutos de marcha todavía, cuando parece que el cielo acabará por derrumbarse. Primero han sido un par de truenos; luego unos pocos goterones estrellándose contra las ventanillas y el techo del vehículo; después, sin apenas intervalo, una tromba de agua racheada, y el viento, acaso más furioso, levantando polvo, tierra, arbustos del camino… Él, sin embargo, ni siquiera se inmuta. Sigue dándole vueltas a lo que de verdad le preocupa, y no será una tormenta de nada la que le aparte de sus cavilaciones. El chofer, mientras tanto, ha estado a punto de preguntarle si sentía alguna inquietud. No obstante, tras observarlo por el espejo retrovisor, ha debido deducir que aquel rostro no muestra preocupación alguna, de modo que ha continuado en silencio y pendiente de la carretera. Unos minutos más tarde, apenas media hora, el coche se adentra por el patio de un imponente castillo al que han accedido tras atravesar la barrera de protección, abierta desde la garita de vigilancia sin haber mostrado ninguna credencial. Por fin, ya en un garaje debidamente protegido de la intemperie, el hombre baja del coche, siempre bien aferrado a su maletín, como si de él dependiera su propia seguridad. Dos personas de mediana edad, un hombre y una mujer, le aguardan, lo saludan, y le invitan a que los acompañe a través de un largo y desnudo pasillo, iluminado mínimamente, sin cuadros, fotografías ni adornos de ningún tipo en las paredes. La mujer, al igual que antes hiciera el chofer, se interesa por la calidad de su viaje. Él vuelve a contestar con un monosílabo. El otro hombre, que hasta el momento ha guardado un respetuoso silencio, interviene entonces. Señor Márquez, Mr. James nos ha pedido que le traslademos su interés por verle antes de que llegue la hora. Lo siento, responde, necesito estar totalmente concentrado, no quisiera distraerme de ninguna de las maneras. Naturalmente, si es ese su deseo… Para entonces, el pasillo ha quedado atrás y se encuentran en un gran salón, adornado con pinturas murales, escudos y espadas colgados en las paredes y un par de armaduras montadas a sendos lados de una chimenea ahora apagada. Nos hemos permitido, apunta la mujer, poner a su disposición un par de ayudantes. Aunque sabemos que le gusta actuar solo, creemos que ellos, dado lo ajustado de la hora, podrán serle de gran apoyo. Él, entonces, no dice nada. Acaricia el maletín y, tras unos momentos de silencio, se interesa: Por lo demás, ¿está todo preparado? Sí, por supuesto, responde la mujer. Recipientes, herramientas, los productos que usted ha pedido. Todo está a la espera de su revisión… Un momento, por favor. Y la mujer se adelanta ligeramente. Apenas un par de metros más adelante una puerta les cierra el paso. Ella, decidida, la empuja y hace un gesto para que la sigan. Allí, a la vista, una gran cocina, bien iluminada y surtida de todo tipo de viandas, parece darle la bienvenida. Uno de los dos jóvenes que trajinan en ella se le acerca y saluda. Maestro, estamos a lo que guste mandar. La cena es a las ocho.

jueves, 12 de enero de 2012

99 Morerías (acuse de recibo)




Recibo en mi buzón las Morerías
Noventa y nueve son, para más señas—
que vienen desde tierras extremeñas
y remite un amigo: Moro, Elías.

Noventa y nueve bellas greguerías:
apuntes, reflexiones, contraseñas,
observaciones lúcidas, enseñas
de un hombre que vendimia malvasías.

En esta edición pulcra y numerada,
bella por lo sencilla y esmerada,
se aúnan fondo y forma de tal guisa,

que más que un libro al uso es un tesoro.
Igual que la amistad que Elías Moro
entrega, labra y alza por divisa.


martes, 10 de enero de 2012

El Tío Piquique

[Imagen: Caseta de Camineros. Tomada de verfotosde.org]


            A primera vista, viéndolo ir de acá para allá con esa marcha y ese garbo, saludando a todos, piropeando a las mozas, persiguiéndolas incluso con pequeñas carrerillas, en un amago de alzarles las faldas, nadie diría que el Tío Piquique, como era conocido por todos en el pueblo, había sobrepasado sobradamente los ochenta. Sin levantar más allá del metro sesenta de estatura, cualquiera que lo viese por primera vez podría decir de él, cariñosamente, que era un rabo de lagartija, pues nada como el nervio de ese apéndice del reptil podría definirle de mejor manera: el Tío Piquique, era, sí, un rabo de lagartija. Sólo que, además, era una gran persona, amable, divertido, buen conversador… La primera vez que entablé una charla con él —bueno, más bien, él la entabló conmigo— andaba yo en un banco de la plaza, tratando de dar con los acordes de una canción que hacía algunos días que me rondaba por la cabeza, pero a la que era incapaz de dar debida forma. Parecía que aquella tarde de enero, al agradable calorcito de un sol que a esa hora lucía generoso, mis dedos iban por buen camino, pues se movían por trastes y cuerdas con sentido del ritmo y precisión armónica. Concentrado en la melodía que bullía por mi mente, sólo reparé en él cuando ya estaba sentado junto a mí, y así, de sopetón, me decía que a él lo que de verdad le gustaban eran las jotas. Bueno, las jotas y las muñeiras, puntualizó. Y a continuación, antes de que pudiera yo decir nada, me preguntó a bocajarro que de quién era. No, le respondí. Yo es que no soy de este pueblo. Ah, perdona entonces, si es que te he podido molestar, respondió, tuteándome sin ceremonias. Sabes qué pasa, continuó hablándome. Lo que pasa es que, aunque yo estoy muy bien, no tienes más que verme, los ojos me fallan, ¿sabes? Y, claro, al no ver bien pues no distingo las caras, de modo que aunque hablo con la gente, muchas veces no sé a ciencia cierta quienes son los que me saludan. ¿Y de dónde eres?, si no está mal el preguntarlo, inquirió de nuevo. Naturalmente que no, de Talavera de la Reina. Muy buen pueblo, Talavera, reconoció. Claro, siguió, que ya hace mucho que no voy por allí. Seguro que ahora no hay quien lo conozca, de lo que habrá crecido. Si, le confirmé yo. Mucho ha crecido en los últimos años. ¡Menudas juergas me he corrido yo en Talavera!, dijo, mientras acudía un cierto aire ensoñador a aquellas pupilas veladas por las cataratas. Bueno, en Talavera y en muchos más sitios. Porque, aquí donde me ves, yo de joven viajé un montón. ¡Ah, ¿si?!, le respondí, resignado a dejar mi fiebre compositora para mejor momento. Sí señor, mucho. Y, además, no como se viaja ahora, en coche y sin disfrutar del camino. Yo he viajado andando, y, si acaso, en mula. He trabajado empedrando caminos: por León, Orense, Zamora, Salamanca, Cáceres… por muchas provincias… Entonces, como si entrara en trance, el Tío Piquique comenzaba a echar cuenta de las distancias que había entre un punto y otro. Por ejemplo, decía: de Ponferrada a Bembibre, tantas leguas; y de Bembibre hasta Astorga, otras tantas… Y de La Alberca hasta Coria, ¿a qué no sabes tú qué distancia hay? Pues no, respondía yo. Y él volvía a dar la cifra exacta, y describía el paisaje: el monte tal, la venta cual, la cabaña del pastor zutano o mengano… Y casi sin tiempo para reponerme y procesar toda aquella información, continuaba: Por Cáceres, no sé si lo sabrás, se decía aquello de que eres más bobo que los de Coria, que hicieron puente por donde no pasa río. Y es que, ya ves tú, es verdad. Que tienen allí un puente muy apañao, pero que el río va por otro sitio; que nunca entendí yo muy bien por qué habían hecho tontuna tal. Hombre, intervenía yo, quizá es que en algún momento cambiara el curso del río, por alguna razón que se me escapa. En cualquier caso, sentenciaba, río no pasaba ya bajo aquel puente. Y te estoy hablando de hace muchos años. Vamos, de cuando yo trabajaba por esos mundos.
            De vez en cuando yo rasgueaba la guitarra: dos o tres acordes muy suaves, mientras no dejaba de sorprenderme la capacidad de cháchara del Tío Piquique, que parecía recobrar fuerzas al amparo de aquel sol reparador de enero. A mí las jotas me han gustado siempre mucho. Y alguna que te cantaría ahora mismo si supieras tocarlas. ¿Sabes tocar jotas? La verdad es que no, contestaba yo. Ya suponía, decía el hombre. Los jóvenes de ahora sólo tocan cosas raras. ¿Y muñeiras? No, tampoco. Claro…; además, una muñeira a la guitarra sonaría un tanto extraña, ¿no te parece? Pues sí, posiblemente sí, admitía yo. A mí la muñeira, seguía él con sus confidencias, me empezó a gustar desde el momento en que la oí la primera vez, allá por Orense. Pero me gustó sobre todo la música, que la letra, en ese gallego que hablan por allí, no la entendía. Así que de Talavera, ¿eh? Buena población, ya lo creo. Y buenas ferias; que también he ido yo allí más de una vez al mercado, a vender y comprar reses. Sí, volvía yo a admitir. Y él seguía midiendo distancias: entre Talavera y La Puebla de Montalbán, poco más de ocho leguas; entre La Puebla y Gálvez…

domingo, 8 de enero de 2012

A tientas

[Imagen tomada de la Web Betisweb.com]


            Buscaba esta mañana esa chispa que prende las palabras, las enciende y da lugar a un fuego hospitalario en donde cabe la belleza.
            Una vez más el pedernal de mi deseo cayó sobre mojado. Y yo continúo a tientas, sin luz ni verbo con que alimentarme.

miércoles, 4 de enero de 2012

Dos apuntes para un 4 de enero

[Imagen tomada de VagClub.com]

 
ESPEJO:

Un espejo, es sabido, refleja una mirada,
la luz, capta una imagen...,
y nos miente también, si es cóncavo o convexo.
Pero existió un espejo que forjó una alianza,
un pacto que, aún vigente, dio lugar al nosotros.
Su recuerdo nos llega a veces por sorpresa.
En días como hoy resume el universo.



[Imagen tomada de: artetarothelema.blogspot.com]



LAS CARTAS:


Os contaré una historia que es, al tiempo, la mía.
En ella hay una meiga echadora de cartas,
poeta, quiromántica y amiga sobre todo,
que una noche de invierno desveló mi futuro.
Imaginad un bar repleto de clientes,
humo —aún se fumaba—, voces, rumor de vasos,
y en una mesa un grupo de jóvenes con ganas
de darse a la palabra y divertirse un poco.
Imaginad la escena: a esa bruja amistosa,
las cartas en la mano, citándole al destino
como esos matadores plantados en el ruedo
que aguardan la embestida sesgada de la muerte.
Pues así, medio en broma, me dijo que cortara
y se centró en los naipes con mucha ceremonia,
y los fue desplegando por la mesa sin prisa,
leyendo su mensaje, tallando mi esperanza.
Encontrarás, me dijo, la mujer con que sueñas.
Visitaréis ciudades tomados de la mano.
Tendréis hijos —dos hijas—. Y el camino, a su lado,
será largo y amable y lleno de sentido.
Por supuesto, que todos nos reímos con ella;
que tomamos a broma tamaña profecía.
Junto a mí, una mujer también participaba
de aquel juego de arcanos, ajena a su futuro.
Esa mujer comparte hoy conmigo los sueños.
Nuestra meiga celebra otro cuatro de enero.

martes, 3 de enero de 2012

Esa llama en las venas

 [Unicornio. Imagen tomada de Taringa.net]

Digamos que avanzamos a oscuras,
digamos que a deshora,
digamos que avanzamos hacia no sé qué punto cardinal,
y avanzamos a tientas.
Digamos que avanzamos con una extraña música en nosotros:
apenas una voz que apenas apreciamos,
pero que, sin embargo, nos empuja a seguir.
                                                                         Y así seguimos:
obedientes y torpes, a tientas y a deshora.
Digamos que ignoramos las piedras de la calle,
digamos que los muros nos son desconocidos,
digamos que hay murmullos donde nunca hubo nadie,
y huellas de unicornios que jamás existieron.
Digamos que dudamos ante el paso siguiente,
digamos que, aun así, seguimos avanzando.
Y que retrocedemos. Y a veces nos uncimos
a una noria de anhelos que gira sin descanso.
Digamos que avanzamos.
                                           Y que retrocedemos.
Digamos, simplemente,
                                       que esa llama en las venas...