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domingo, 29 de abril de 2012

Tranvía fantasma


[Tranvías en Lisboa. Imagen tomada de la pag. web www.poreuropa.com]


            No pasará el tranvía por aquí, recuerda que pensó. Aun a pesar de que por la mañana, en esa misma esquina de la calle Trindade, subiera en un vagón con tos ferina que le llevó a otro extremo de la ciudad desierta.

            Porque así fuera exactamente, de ese modo —vacía, desolada—, como vino a encontrarse la ciudad.

            Aguardaba, no obstante, a que el milagro del tranvía surgiendo sucediese. Y cuando oyó, por fin, la campanilla comenzó el hundimiento. Igual que si viniera a repetirse el mismo —y recordado— terremoto.

            Por suerte, no hubo tal. Era el despertador. Lisboa, ese sueño, también amanecía.

sábado, 28 de abril de 2012

El baloncesto

[Defensa 1-3-1. Imagen tomada del libro "Baloncesto: La defensa", de G. Primo. Edit. Mtnez. Roca. 1986]



            Al fútbol jugaba siempre de portero. No porque me gustase especialmente, sino porque como jugador de campo no rascaba bola. Así que, para no desentonar ni quedar mal ante mis compañeros, me pedía la portería; puesto que, por otra parte, no estaba demasiado solicitado. Allí, bajo los palos —un decir—, emulando al cancerbero de la selección española de la época, el mítico Iribar, titular del Athletic —que entonces era Atlético de Bilbao por “imperativo legal”—, hacía lo que podía, que en ocasiones era nada, y en otras, inspirado por váyase a saber qué ángeles, paraba cuanto me lanzaban los contrarios. Aun así, lo del fútbol, no era algo que me ilusionara. Por eso, al llegar con once años al Instituto y ver las primeras canastas de baloncesto (y de minibásket) supe que aquel deporte era el mío. Enseguida me apunté al equipo de la clase, y pasábamos los recreos en la cancha, corriendo de un lado para otro, atolondradamente, sin orden ni estrategias, sin jugar en equipo (el que cogía el balón, botaba, corría hacia la otra canasta y lanzaba, así tuviera a todo los contrarios sobre él), con un mosqueo continuo entre unos y otros que, por supuesto, no iba más allá de pasajeras discusiones. Coincidió también que por entonces el baloncesto comenzó a cobrar presencia en la televisión (retransmisiones de la mano del recordado Héctor Quiroga), y a base de fijarnos aprendimos que aquel, aunque nosotros pensáramos lo contrario, era un juego de equipo: que en el campo mandaba el base, que los aleros metían los puntos y que los pivots se fajaban bajo los aros y cogían rebotes. Claro, que todo eso no era sino teoría, porque más de un base debía de pensar que el balón era suyo, y él solo se lo guisaba y comía, con el consiguiente cabreo de los demás, que le llamaban chupón, y otras lindezas menos sofisticadas. La llegada de alguien más avezado en tal deporte para ocupar el cargo de entrenador vino a poner un poco de orden. Un plan de entrenamientos adecuado, cierta disciplina y la insistencia en cuestiones técnicas y tácticas nos hicieron tomar conciencia de la labor y responsabilidad de cada uno en el equipo. Comenzamos a diferenciar una zona 1-2-2 de una 2-1-2, y por supuesto de una 1-3-1 (aquella que tan bien hacía el Ignis de Varese); y a defender Hombre a hombre, o Box and one (o Defensa en caja, dicho en castellano). Y por primera vez tuvimos un balón reglamentario, y uniformes que nos hicieran reconocibles como un verdadero equipo. Bien es verdad que los primeros tiempos fueron duros, y que las derrotas se sucedieron a razón de una por partido. Pero no es menos cierto que eso no nos desmoralizaba, y que continuábamos jugando y divirtiéndonos con la misma ilusión que si ganásemos, algo que con el tiempo también llegó.
            Continué practicando el baloncesto hasta poco después de volver del servicio militar, tiempo en que uno, hecho ya un hombre, comenzó a enfrentarse con asuntos directamente relacionados con la supervivencia. Desde entonces, sólo en alguna que otra ocasión he vuelto a tener un balón en mis manos, a sentir la maravillosa sensación que produce el sonido de la red tras una canasta, a compartir una “pachanguita” con los amigos. Sin embargo, continúo fiel al baloncesto. No en vano este deporte, igual que la poesía, me trajo a más de uno de mis amigos más cercanos.Y eso que mi padre me decía que ninguna de las dos cosas (baloncesto y poesía) me haría rico.

viernes, 27 de abril de 2012

Al posible lector


[Lector que medita. Aguada sobre cartón © M. Morgado]


¿Qué pretendes hallar, lector, entre mis versos?
¿Acaso la luz viva del relámpago
que ilumina la casa y nos orienta
en medio de la noche? ¿Quizá un trozo de espejo
en donde reflejarte con exacta
precisión, y hasta asombro? ¿Qué te lleva
a deshojar el tiempo cuando entras
en mi casa de dudas y de interrogaciones?
Me lo pregunto a solas, mientras mido
estas líneas confusas que me miden
y en las que, yo también,
imagino el fulgor. Pero no creas
que sirven de conjuro, pues la sombra
habita entre las sílabas y crece
tan asombrosamente
que tengo que salir del laberinto,
y volver a empezar de otra manera,
desde otras perspectivas,
con los ojos, acaso, del revés.
Siempre el mismo poema.

jueves, 26 de abril de 2012

Ocaso


[Atardecer en Benidorm © C. Elvira]


            Ver la luz que se hunde en el extremo opuesto de las aguas, allá en el horizonte, en una llamarada indescriptible desde el rojo al violeta, y luego el negro. Verla, y saber que mañana el sol irrumpirá de nuevo. Verla, y pensar que siempre, para alguien, es la última vez. Verla y no verla ya. Como la vida.

miércoles, 25 de abril de 2012

Con trece años escribí un poema


 [Representación de Petrarca, coronado de laureles]

Con trece años escribí un poema:
cinco versos de nada,
un acróstico que escondía un nombre
que entonces me gustaba.

Fue una especie de juego:
sin medidas ni palabras buscadas,
sin reglas y sin ritmo.
Sin pretenderlo, invadió mi calma
y empecé a escribir versos y más versos
sin saber bien por qué.
                                     Tal vez soñaba
con los verdes laureles del poeta,
acaso con la fama
y con la trascendencia por los siglos
de los siglos… mas nada
de todo esto me empujó al encuentro
vivo con la Palabra.

Si yo seguí escribiendo
desde entonces, coleccionando manchas
por las que va mi rostro sucediéndose
desde mi primer verso hasta el mañana,
no fue para alcanzar el horizonte
donde la gloria es vana
y lo escrito, al final, papel mojado.
Lo que en verdad me arrastra
hasta el paisaje blanco y su pupila,
hasta el silencio en que mi voz indaga,
es conocer qué pasa
cuando me adentro en mí y en lo que vivo,
descubrirlo de pronto entre las ascuas
de algún fuego que a veces, de improviso,
ha mostrado el camino a mi mirada.  

Si yo seguí escribiendo —y son cuarenta
años en lid con la metáfora—
no fue por voluntad ni por destino.

Me llamó la Palabra —aún me llama—
y yo salgo a su encuentro, simplemente.

Y su sombra y mi sombra se acompañan.

martes, 24 de abril de 2012

¿Saben aquel... de los cazadores?


[Imagen tomada de http://www.fabricadecaricaturas.com]


Domingo. Madrugada. Van de caza
tres cazadores. Llegan a una aldea
y observan a un rapaz que merodea
entre los soportales de la Plaza.

“¿Sabes, muchacho, si hay aquí conejos?”,
pregunta un cazador, interesado.
“¿Conejos, dice usted? Por cualquier lado.
Son el mal de este pueblo esos bichejos”.

Convencidos de que será un gran día,
se patean quince horas el terreno,
sin ver un solo bicho al que apuntar.

De vuelta, cabreados, en la vía,
ven al mozo y le dicen: “¡Vaya estreno!
¡Ni un conejo hemos visto al que matar!”

Y éste, poniendo cara de gilí:
“Qué raro, si están siempre: cri, cri, cri...”

lunes, 23 de abril de 2012

Primer asiento


 [Poema manuscrito]



En este libro de entradas y salidas
me dispongo a escribir.
                                           Mi voz me empuja
a aferrarme al bolígrafo y al verso
para dejar aquí la huella de mis dudas,
de mi amor, de mis sueños, de mi vida.
Imagino que, acaso,
al manchar con mis versos este libro
de entradas y salidas
lo esté purificando del sentido
primigenio que tienen sus columnas,
diseñadas para encajar los números:
las cifras del tendero,
la contabilidad del empresario
que empuña la bandera de la usura
sin importarle el aire ni la luz.
Y escribo,
después de mucho tiempo sin hacerlo
así, directamente,
sobre un papel en blanco y deslizando
la punta del bolígrafo,
con la ilusión primera de aquel joven
que una mañana comenzó a escribir.
Abro mi corazón a las palabras
para asentar la vida, 
este tiempo revuelto en el que todo 
se mide más que nunca en cifra y términos
de rentabilidad. 
                            Contra eso escribo.
Desde la desnudez y la esperanza,
a veintitrés de abril, Día del Libro.
 

domingo, 22 de abril de 2012

La cerveza y mi abuelo


[Mis abuelos, el día de sus bodas de oro]

            En aquellos años, vivíamos en la misma casa que mis abuelos, aunque en distinta vivienda. Recuerdo que yo tendría seis o siete años, y que mi padre y mi abuelo hablaban de comprar cerveza por cajas al distribuidor de Mahou, cuyo almacén estaba próximo a nuestro domicilio. Al hacerlo de esta manera, el producto salía algo más barato, de modo que lo adquirían así y luego repartían la caja entre las dos casas. Hablaba mi padre de comprar botellines en vez de botellas (quintos, en vez de tercios), a lo que mi abuelo terció que de ningún modo, que uno se bebía un quinto y era como si no hubiese bebido nada; vamos, que no te enterabas ni llegabas a saborearlo. Se compraron, naturalmente, tercios. Y es que, como ya he dicho en más de una ocasión, mi abuelo era un gran degustador del agua de cebada. Nació un 22 de abril de 1884 y hoy le recuerdo.

viernes, 20 de abril de 2012

Las palabras


[Imagen tomada del blog: "Había palabras, pero no servían de mucho"]


Las palabras, lo mismo que la luna,
ocultan una cara. No se prestan
a mostrarse desnudas ni son fáciles
de seducir.
                        Nos llaman
desde una mansedumbre convenida
por ellas mismas, pero
cuando estamos a punto de tomarlas,
de desposarlas junto a los altares
que la tinta formó, se nos escapan
como agua de torrente entre las manos,
se diluyen
como el azucarillo en el café
de nuestro corazón.
                                    Y nos quedamos
huérfanos de su amor, solos, heridos
de una música arcana que ellas guardan,
y que sólo
algunos elegidos, 
                               con el tiempo,
consiguen aprender a armonizar.