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martes, 31 de julio de 2012

Tormenta de verano


[Imagen tomada de http://www.xatakaciencia.com]


Tarde de julio.
De repente el diluvio.
Brisa festiva.

lunes, 30 de julio de 2012

Sólo eso


[Reloj astronómico de Praga. Tomado de "labuenaastrología.com]


En esa lenta muerte que es la vida,
con veloz lentitud el tiempo pasa.
Y mientras pasa el tiempo y nos amasa,
pasamos, respirando por la herida.

Morir, sólo responde a una salida
obligada y final, donde se abrasa
el humus de los días, la argamasa
que conforma una imagen conocida.

Como dijo el poeta, sólo eso
es al final la vida: la certeza
de la más triste y sólida derrota

tras la que no ha de haber ningún regreso,
ni pan, ni luz, ni sexo, ni cerveza,
y en donde el tiempo, al fin, también se agota.

domingo, 29 de julio de 2012

Marinas (2 Haikús)


 [Imagen:  © A.C.G.]

1
Mutuo reflejo.
Frente a la mar, el cielo.
¿Cuál el espejo?

 2
Fúlgido mar.
En el azul del cielo
lunas de sal.

jueves, 26 de julio de 2012

¿Qué pensaría Shakespeare?


[Imagen tomada de Wikipedia]


            “El amor es química… y algo de amistad.”
                                      
                                  (Diario ‘El País’ – 18-01-09)       



De nada vale ya soñar princesas
frente al clamor de la testosterona:
química del amor que selecciona
ajena a lo ideal y a las sorpresas.

De nada valen versos y claveles,
ni noches de violín bajo la luna.
Sin química no hay música ninguna,
ni hay pasión, ni hay azar, ni amores crueles.

Todo es cuestión de hormonas. De repente
todo se explica en un laboratorio;
todo, en esto de amor, es transitorio;
empírica reacción evanescente.

Al leer la noticia, me pregunto:
¿Qué pensaría Shakespeare del asunto?

martes, 24 de julio de 2012

De los tiempos sin rostro


[Imagen tomada de la página Canonistas.com]


            El señor López, tan cabalito él, tan minucioso, tan atento a sus cosas, tan previsor, se levantó aquella mañana con la sensación de que algo escapaba a su control, algo importante y perentorio, para lo que, sin embargo, no encontraba ninguna respuesta. Si el señor López hubiera sido una de esas personas que todo lo apuntan y lo someten a la dictadura de la agenda, habría podido salir de dudas inmediatamente. Una consulta al susodicho dietario y todo arreglado. Pero el señor López también tenía su vanidad, y ésta lo llevaba a confiar hasta límites insospechados en su memoria, de la que presumía siempre que tenía ocasión. Quizá por eso mismo, el hecho de que hubiese algo que escapara a su control le inquietaba, hasta el punto de sentir una sensación rayana en la ansiedad.
            Tras el desayuno volvió a repasar, punto por punto, las tareas previstas para la jornada. Punto por punto, confirmó que nada había más allá de aquellas gestiones programadas y, de algún modo, insertadas en lo que solía ser la rutina de sus días. Convencido de ello, una vez aseado y vestido, salió a la calle y comenzó a andar.
            Apenas había caminado cien o doscientos metros cuando ese estremecimiento que sintiera al levantarse volvió a hacerse presente. En esta ocasión, alimentado por el hecho de que todas las personas con las que se cruzaba eran varones: hombres que marchaban sin prisa, distraídos, tropezándose a cada paso y hundiendo los pies en los charcos que la lluvia caída durante la noche formara en las irregularidades de las aceras; hombres que ocultaba la faz al cruzarse con él, y de los que, en un momento determinado, comenzó a sospechar que acaso carecieran de rostro. En el puesto de prensa, sin embargo, lo atendió el mismo joven de cada mañana, y eso volvió a calmarle. Durante poco tiempo, no obstante. Pues al llegar a la boca de Metro continuaba sin ver una sola figura femenina, ni un rostro que cruzara con él una mirada; como tantas otras mañanas, soñolienta y ausente.
            El señor López, tan cabalito él, tan minucioso, tuvo la completa seguridad de que algo, definitivamente, se le escapaba de las manos. Los trenes no llegaban, no había nadie, y se habían detenido todos los relojes. Por fin, al cabo de algunos minutos, oyó el silbido de una locomotora y el ruido de un convoy aún en el túnel, acercándose a la estación. Sin embargo, al detenerse, observó que en los vagones no viajaba nadie: nadie salía y nadie a su alrededor se apresuraba, como cada mañana, para intentar ocupar un asiento. Por un instante dudó sobre la conveniencia de entrar, o no, en el compartimento. Por fin lo hizo. Las puertas se cerraron y aquello comenzó a moverse. Sin apenas darse cuenta se hundió en la oscuridad.