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jueves, 30 de agosto de 2012

Contigo: camino de la plata


[Monasterio de Piedra, 1988]


A la luz de tus ojos, contemplé mil ciudades
que, por estar contigo, surgieron diferentes:
paisajes increíbles, o rincones sin gracia
que volviste asombrosos con tu sola presencia.
De tu mano he cruzado el yermo de mis días
hasta alcanzar el fértil territorio del alba
en donde tú amaneces para enfrentarte al mundo;
por donde tú me guías, con paciencia y ternura.
Y, juntos, navegamos el mar del calendario
desde un tiempo anterior al tiempo que se alarga;
cuando nuestro cuaderno, las páginas en blanco,
aguardaba el milagro de tu caligrafía.
A tu lado respiro el aire que respiras,
y comparto contigo la tristeza del aire
cuando viene cargado de sombras que la vida
tantas veces dispone, porque no todo es bello. 

martes, 28 de agosto de 2012

Pierna de cordero con romero


[Imagen tomada de la página: Cocinarectas.net]



Hoy cocinamos pierna de cordero
—receta en la que apenas intervengo
y con la que en festivos me entretengo
gozando en la cocina— con romero.

Previamente, le pido al carnicero
que la limpie y la taje. Lo que obtengo
sin más inconvenientes, pues me avengo
a pagar lo que pide sin un pero.

En casa la pincelo con aceite
tras aromatizarla bien con ajo;
salpimiento, enromero y la recuesto

en lecho de patatas.  Con deleite,
pongo punto final a mi trabajo
dando el testigo al horno, que hará el resto.

domingo, 26 de agosto de 2012

La Hermandad Giba

[Imagen tomada de http://lauradiazsqutesa.blogspot.com.es]

 
                                                                     Para F. S. C., El Gran Giba y demás hermanos.
 
         No soy amigo de afiliaciones. No soy socio de ningún club deportivo ni de un partido político, ni tampoco de sociedad gastronómica, centro de amigos ni nada que suponga la tenencia de un carné que confirme el pertenecer a ninguna colectividad. Sin embargo, hubo un tiempo, allá en mi adolescencia, en que fui miembro de una sociedad secreta. O, si no secreta, sí al menos selecta. Tal asociación no fue otra que La Hermandad Giba, compuesta únicamente por cuatro socios, todos compañeros de clase, bajo la dirección y tutela de El Gran Giba. ¿Que por qué tal nombre, tan poco respetable? Muy sencillo. Cuantos formábamos el grupo tendíamos a ser un poco caídos de hombros, de modo que, sin exagerar, cada uno de nosotros lucía una moderada joroba que, afortunadamente, con los años, si no desterramos, disimulamos al menos.
        Uno de los mandamientos esenciales por los que se regía la Hermandad sentenciaba: Haced cada día una gibada, que no era otra cosa que alguna pequeña gamberrada; esencialmente entre nosotros y, a veces, a compañeros y amigos, aunque no perteneciesen a la susodicha sociedad. Las bromas no debían nunca rallar en lo grosero, y primaba la originalidad e inventiva. Para ello se permitían las distintas alianzas entre socios; alianzas que, por supuesto, nunca eran duraderas, pues siempre estábamos dispuestos a romperlas si con ello dábamos en una nueva broma al que resultase más distraído.
         Con el paso del tiempo apenas recuerdo gibadas concretas, aunque aún regresa de vez en cuando a mi memoria una especialmente malvada que bien pudo acarrear, digamos, daños colaterales; algo que, por suerte, no llegó a suceder. Me explicaré:
         Se dio la circunstancia de que a uno de los amigos de la pandilla (no de nuestra sociedad) le tuvieron que operar de apendicitis. Entonces, todavía sin Hospital de la Seguridad Social en nuestro pueblo, le intervinieron en una clínica privada, aunque esto, para el caso, hubiera dado igual. Nuestro amigo, previendo el tiempo que estaría ingresado —entonces, por una apendicitis, no era menos de una semana o diez días—, nos pidió que le llevásemos algún libro para entretenerse. El libro lo recuerdo muy bien: San Manuel Bueno, mártir, y otras obras de Unamuno, de la Colección Clásicos Universales, de Círculo de Lectores. Una lectura que acaso para un joven de dieciséis o diecisiete años ahora pueda resultar extraña, pero que para nosotros no lo era en absoluto.
       Una tarde, a la salida del instituto, fuimos a verlo los amigos, y a dejarle el libro. Hasta aquí, nada extraño. La sorpresa es que, perdida entre las páginas de aquel tomo, introdujimos una esquela de dudoso gusto en la que tras la obligada cruz y las iniciales R.I.P., se decía algo parecido a esto: Orad hermanos por el alma de (el nombre de nuestro amigo), fallecido tras operación de apendicitis en la muy noble y muy leal ciudad de Talavera de la Reina. Sus apenados amigos, El Gran Giba y los hermanos Gibas, huérfanos tras su marcha, agradecen las muestras de dolor por tan irremediable pérdida y piden una oración al dios Giba por su eterno descanso. 
        Cumplido el encargo y tras unos minutos de compañía, nos despedimos de él, dejándole postrado en la cama, en compañía de su madre y de una tía.
          Al día siguiente, volvimos a cumplir con el ritual de la visita. Esta vez, al vernos aparecer por la puerta, observamos como esbozaba una sonrisa malévola mientras nos dedicaba cariñosos saludos que no me atrevo aquí a reproducir. Su madre, presente entonces, también nos lanzaba miradas entre admonitorias y cómplices. Evidentemente, habían hallado la esquela. Más o menos, la escena, según nos contaron, debió de ser algo así: Después de irnos, nuestro amigo dio en la página en la que aquel macabro documento aguardaba. En un principio algo distraído, desdoblaría la cuartilla y la leería. Hacerlo y comenzar a desternillarse, incapaz de articular palabra, sería todo uno. Entonces, agitaría el papel como único signo de comunicación con los presentes, y su tía, la persona más próxima a él en ese momento, tomaría el documento en su manos y lo leería. Sin embargo, lejos de parecerle tan divertido como a nuestro amigo, comenzaría a despotricar contra los autores de tal recordatorio: Que si vaya amigos que tienes; que qué intenciones; que les parecerá bonito... Con lo cual el paciente, lejos de calmar su hilaridad, se agitara más y más, de modo que hubo un momento en que temieron por la estabilidad de los puntos de sutura aplicados en la reciente intervención; algo que, como apuntaba al principio, afortunadamente no ocurrió.
            Así nos divertíamos entonces. Pensándolo bien, humor muy fino no es que fuera.

viernes, 24 de agosto de 2012

Camino de perfección


[Imagen tomada del blog "Latidos poéticos"]



El pájaro, al despertar,
observa el cielo y extiende
sus alas, mientras aprende
el misterio de volar.
Nunca para de ensayar
un vuelo más atrevido,
por hallar en lo escondido
la puerta abierta del cielo.
Cada jornada, ese vuelo,
va cobrando más sentido. 

Buscando la perfección,
queda suspenso en el viento
ajustando el movimiento
de su vuelo a la estación
de las corrientes. Y al son
que marcan viento y deseo,
acompasa el aleteo
hasta la inmovilidad
tocando la libertad
al compás de su planeo.

El pájaro nos enseña
que, para poder crecer,
es necesario ascender,
y que asciende quien se empeña.
Se logra lo que se sueña,
si a lo largo del camino
se contradice al destino
haciendo de lo imposible
un infinito asequible
a base de afán y tino.

domingo, 19 de agosto de 2012

El sueño


[Imagen tomada de "Fondos y pantallas]


            Allí, en medio del sueño, no llegaba a entender la presencia del tigre ajeno a sus discursos. No es que le pareciese absurdo o paradójico, pues en medio de los sueños todo es posible. Sin embargo, el hecho de que aquel soberbio animal se paseara displicente ante ellos era algo que en ese momento, en el discurso racional —o irracional— del sueño, escapaba a su percepción lógica. Qué absurdo, empero, hablar de percepción lógica, cuando lo que describía era el meollo mismo de un sueño; esa parte del mundo a la que se accede mientras se duerme y en la que todo puede ser posible: la presencia de un tigre en una habitación en la que se trata de asuntos de estado, o la de alguien que murió hace muchos años y acude como quien viene a cenar una noche cualquiera, y charla con nosotros y nos cuenta chismes y noticias de extraños a los que, por medio del conjuro propio de los sueños, podemos conocer.
            Al cabo de algún tiempo, de repente, cayó en la cuenta de por qué le llamaba tanto la atención la presencia del tigre. No era por sí misma, sino porque el tigre —imponente, en todo caso— parecía estar predispuesto al camuflaje. Su rayas esenciales, negras sobre el color tostado de su piel, se habían transformado en blancas y negras, y su imperial cabeza en la de un manso burrillo; como su cuerpo y sus patas. El tigre, se dijo, es una cebra.
            Despertó con una sonrisa dibujada en el rostro. Una cebra, repitió. Y se acordó de alguien.

jueves, 2 de agosto de 2012

De bitácoras y comentarios (será el verano)


 [Fotografía: ©  Jesús García Martín]

            Hay blogs cuyos autores, directamente, han bloqueado la posibilidad de hacer comentarios. Uno a veces se queda con ganas de expresarles su aplauso, de sugerir algo, de preguntar para obtener alguna aclaración. Pero, obviamente, se atiene a las reglas impuestas con total derecho por los interesados y sólo, y nada menos, se dedica a leer y a seguir la andadura de tales bitácoras.
            Hay otros blogs, por el contrario, que admiten observaciones de los lectores, y, con ellas, el inicio de un posible diálogo que, en ocasiones, puede ir más allá del propio texto que lo origina. Así, podemos asistir a una sucesión de intervenciones enriquecedoras, de matizaciones precisas que pueden engrandecer la entrada principal, de complicidades a las que asistimos con la posibilidad de nuestra propia implicación. Por contra, también hay veces que las intervenciones de los lectores se limitan a unas palabras de elogio, seguidas de otras de agradecimiento del autor, y ahí se acaba todo.
            En cualquier caso, prefiero esto a una costumbre que, observo, se va extendiendo cada vez más en algunos de los blogs que visito, donde se acumulan comentarios de los lectores sin una sola respuesta del autor de la bitácora. En estos casos, sinceramente, mi ánimo por dejar mi parecer en tales espacios se ha ido enfriando, pues creo que ese posible diálogo autor/lector ha de ser el complemento perfecto a las sucesivas entradas. Soy consciente, no obstante, de que hay veces en que no hay mucho margen para ese diálogo ideal al que apunto, y se opta por no dar una respuesta de mero compromiso.
            No sé, será el verano, con sus calores, que ablanda el cerebro y le lleva a uno a plantearse cuestiones baladíes como ésta. En cualquier caso, si alguien se anima, me gustaría conocer opiniones al respecto. Abierto queda. Sin obligación, por supuesto.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Dos haikús de agosto

[Fotografía: ©  Jesús García Martín]


1

Tarde de estío.
Oro viejo los campos,
silencio azul.

2

Siesta de agosto.
Hacendosa la hormiga,
chicharra loca.