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lunes, 18 de febrero de 2013

Confidencias de un viejo asesino a sueldo

[Fotograma de Pulp Fiction, de Quentin Tarantino]

            Nada más fácil. La clave está en no pensar más allá de ese gesto: encañonar, apretar el gatillo, desaparecer. Después, no volver a la imagen del hombre caído ni al lugar. Sólo concentrarse en la siguiente víctima y en el beneficio que genera. Mientras tanto, disfrutar de la vida: coches de lujo, hoteles, buenas hembras. Ser consciente de que todo, en cualquier momento, puede arder para siempre; pues, a fin de cuentas, igual que tú eliminas a éste o aquél, según las instrucciones que recibes, también otro cualquiera, en cualquier momento, puede acabar contigo. La vida, por tanto, tiempo provisional, es caminar aprisa por un cable acerado tendido por encima del abismo, sin red que te proteja en supuesta caída. Y eso, acaso, la hace también más excitante. Otra cosa, también te darás cuenta, será la sensación de soledad que quizá te acompañe. Ese desamparo impregnado en tu piel y en tu sed. Espántalo con el licor o el sexo. Espántalo de ti como si fuera una voraz e inhóspita alimaña. Porque si por un solo instante cedes a él, si te anidara, si se alzara, aun fugazmente, en tus pupilas, podrías darte por muerto. Valdrás menos que nada. Y ya podrás pensar en tu epitafio. Por lo demás, ya ves, este oficio no es ni menos ni más que otro cualquiera.

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