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miércoles, 27 de febrero de 2013

La visita


            En cualquier caso, el doctor Álvarez, tan atento él, tan minucioso, tan amigo de la obra bien hecha, se equivocó en esta ocasión de cabo a rabo. Erró el diagnóstico y, con ello, no atajó en su momento la causa de un mal que continuó su avance, como si todo el monte fuese orégano, si se me permite echar mano de expresión tan manida. No dejo de pensar en que si él no hubiese tenido aquella noche tanta prisa y hubiera examinado con la debida minuciosidad a la paciente nada de cuanto ocurrió después habría sucedido. O, de haber sido así, de tener que pasar, porque las cosas pasan cuando están de ello, a ninguno de los que estuvimos con ella en sus últimos momentos nos habría pillado por sorpresa. Pero no, él tenía prisa aquella noche, y la despachó con una exploración de compromiso; vamos, la despachó con una faena de aliño, que se diría en términos taurinos. Recuerdo que habíamos vuelto de un viaje a la capital; todos un poco cansados del traqueteo del coche por esas carreteras tan mal asfaltadas, pero, en el fondo, satisfechos y felices por el día, del que disfrutamos sin ninguna preocupación. Al llegar a casa la encontramos en el sillón del comedor, inmóvil y aferrada a las faldillas de la mesa camilla, como si en ello le fuera la vida. Al principio no hicimos caso, pues en más de una ocasión la habíamos sorprendido en posiciones parecidas, encerrada en sí misma, ajena a cuanto sucediera a su alrededor. Sin embargo, cuando volvimos a ella minutos más tarde, después de quitarnos los zapatos, calzar nuestras pantuflas y cambiarnos la ropa de calle por nuestros chándales de andar por casa, pudimos observar que algo no iba bien. Enseguida avisamos por teléfono al doctor Álvarez, pero nos dijeron que estaba atendiendo un parto y que se acercaría a casa en cuanto le fuera posible. Si la cosa era urgente podríamos acercarnos nosotros mismos a su consulta, aunque no sabían qué tiempo tardaría en regresar. Decidimos esperar y mientras tanto nos dedicamos a refrescarla y ofrecerle algo de ensalada, por si con la comida le volvían las fuerzas. Ella, empero, continuó encerrada en sí misma, tal y como la habíamos encontrado, y no pareció responder a tales estímulos. Luego vino el doctor Álvarez, visiblemente molesto, y nos soltó un sermón sobre la importancia de sus servicios. Para una cosa así, nos dijo, no creo que sea necesario llamarme a estas horas. A pesar de ello, reconoció a la paciente y apuntó que lo mejor que podríamos hacer sería esperar a ver cómo evolucionaba. A la mañana siguiente, de continuar igual, deberíamos llevarla a su consulta. Pero no hubo otra mañana, ya le digo. Cuando a eso de las siete, antes aún de amanecer, me levanté y bajé al comedor, vi que ella seguía en la misma posición que la tarde anterior. Ningún movimiento. Definitivamente, había dejado de existir. El doctor Álvarez, en realidad el veterinario Álvarez, acabó por confesar que él, de tortugas, no sabía gran cosa.

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