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jueves, 7 de febrero de 2013

Un taxista cabreado


 
[Imagen del lugar donde se sitúan los hechos. Postal de esa época]


            Te voy a dar no una hostia sino cien mil hostias. Quien esto decía era un taxista cabreado. ¿La posible víctima? Un adolescente que, junto a su pandilla, se vio asaltado por aquel individuo, que les reprochaba algo de lo que no eran conscientes. Bueno, uno de ellos sabía de qué iba la cosa, pero como era el más pequeño del grupo nadie le venía a dar vela en aquel entierro y no había forma de arrojar algo de luz en medio de unas tinieblas con mucho de amenazas y posibles sopapos.
            La cosa, en el fondo, no podía ser más ingenua. Resultó que al cruzar el grupo de jóvenes un paso de peatones, invadido por varios coches detenidos —entre ellos el del taxista en cuestión—, aquel alevín adolescente dio un paso en el momento en que los autos se ponían de nuevo en marcha. Casi rozando al taxi, se frenó en seco —alzado levemente sobre sus punteras, el pecho hacia delante—, de modo que, visto desde fuera, alguien podría afirmar que, con aquella postura, emulaba a algún maestro del estoque de los de entonces: un Viti o un Antoñete, por ejemplo. Y que lo que hacía el joven era ensayar un pase natural, bien arrimado a un morlaco con forma de Seat 1500 (por supuesto, de color negro). El taxista, demasiado susceptible y mosqueado de narices (o, acaso, de otras partes), se asomó por la ventanilla y soltó algún improperio. Otro adolescente de la pandilla, ajeno al asunto, le contestó con gaitas destempladas. Poco después, frente a la parada de taxis, el conductor ofendido se les plantó delante y al respondón le soltó la susodicha frase: Te voy a dar no una hostia sino cien mil hostias. Los demás, como corresponde a todo grupo que se precie, hicieron piña con el amigo y frente común ante el taxista. Hubo gritos, frases chulescas, intentos de apaciguamiento, amagos de algún guantazo... Al final, afortunadamente, la sangre no llegó al río y cada uno siguió por su camino. La frase, desde luego, quedó para la historia. Hoy, siete de febrero, lo he rememorado mientras esbozaba una sonrisa maliciosa.
            No sé si es así, Felipe, como tú lo recuerdas.
          

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