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viernes, 1 de marzo de 2013

El rugby y las llaves (1)



                                                                [Imagen tomda de blogs.20minutos.es]

          ¡Diecisiete, veinticuatro, trece, tres dos! No teníamos ni idea de rugby americano, pero nos gustaba fantasear en medio de la calle, agachados y puestos en línea para, a la voz de ¡ya!, salir corriendo mientras nos pasábamos cualquier cosa que tuviéramos a mano —una carpeta, un monedero, unas llaves...—, a modo de balón.
       Adolescentes como éramos, corríamos unos metros y cualquiera de nosotros, de pronto, encarnado en un jugador del equipo contrario, hacía un placaje más o menos perfecto al que en ese momento llevase la carpeta, el monedero o las llaves. Éste intentaba zafarse y, tras correr unos metros más, simulaba el ensayo y saltaba, celebrándolo, o se ponía a bailar en plan macarra. De aquello hacía ya sus diez o doce años. Y, sin embargo, a pesar del tiempo, seguíamos conservando ese espíritu juguetón y un poco gamberro, propio de una edad que ya no teníamos.
            Aquella tarde de vacaciones, a cientos de kilómetros de casa, sin saber el porqué, rememoré uno de esos momentos. Recuerdo que paseábamos por un camino, junto a un arroyo poblado de juncos, plantas de ribera y malas hierbas. No logro situar muy bien los momentos previos: si hablamos de aquel tiempo o, simplemente, charlábamos de cualquier asunto que fuese noticia en esos días. El caso es que, sin venir a cuento, tuve la imperiosa necesidad de repetir una jugada como las de antaño, y, con las llaves del coche en la mano, dije aquel conjuro que nos trasladaba a las grandes ligas americanas: ¡Diecisiete, veinticuatro, trece, tres dos! Y eché a correr, zigzagueando, como si evitara el choque con los mastodontes del equipo contrario. Felipe y su hermano, más pequeño y ajeno a nuestros juegos adolescentes, me siguieron. Yo lancé las llaves y uno de los dos las cogió, luego, él corrió otro trecho y volvió a lanzarlas. No sé si a mí o a Felipe. Fuera a quien fuese, éste no las cogió, y las llaves del coche volaron por encima de alguna de nuestras cabezas, rumbo al arroyo: ¡Chof! Por un momento, los tres nos quedamos petrificados. Sin saber si reír o llorar. Convencidos de que las llaves las habíamos perdido para siempre. Además, en aquel viaje, no había llevado juego de repuesto y no estábamos en el pueblo en el que teníamos nuestro apartamento. Para colmo, pronto anochecería. Sin embargo, con todo, lo peor no era esto, sino que, a nuestro lado, la voz de la conciencia se hacía oír: la esposa de Felipe, quien, antes casi de que comenzáramos el partido, ya mostrara su sensatez y protesta, haciéndonos ver lo infantil y absurdo de nuestro comportamiento. Estáis tontos, nos dijo. A quién se le ocurre algo así, insistió. Y ahora qué hacemos, preguntó finalmente. A cada recriminación suya, nosotros, en el fondo avergonzados, apenas podíamos aguantar una risa algo histérica y contagiosa. No pasa nada, dijimos. Se buscan y ya está.
            Y a ello nos pusimos; más por cubrir el expediente que con esperanzas de encontrar las llaves perdidas. Sin embargo, para nuestra sorpresa —acaso fuera la intercesión de la Virgen de Covadonga, en cuyos dominios andábamos—, alguien descubrió el manojo de llaves: allí, colgadas de un junco, destellaban débilmente. Sólo hubo que acercarse con cuidado, asegurar la pisada para no caer en el arroyo y estirar el brazo. Una vez en nuestro poder, a punto estuvimos de entonar algún canto de victoria. Si no lo hicimos fue porque, en el fondo, no andaba el horno para bollos.

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