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martes, 5 de marzo de 2013

El rugby y las llaves (2)






        Dice el refrán que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y, como todo refrán, tiene su parte de verdad. Sin duda, cualquiera lo habrá confirmado en propia carne más de una vez. Yo, entre otras muchas, me lo repetí con machacona insistencia una noche de sábado en La Coruña, junto a la Playa de Riazor.
          Formaba parte por entonces de un Equipo itinerante, encargado de la informatización del Banco en el que trabajaba, y andábamos por El Bierzo; concretamente, en Ponferrada. Un fin de semana, con un compañero —y sin embargo amigo, como diría el famoso crítico de cine— decidimos ir a pasarlo a La Coruña, ciudad donde yo había hecho la mili unos años antes y mi colega no conocía. Así, el sábado, tras terminar nuestra jornada laboral, nos lanzamos con mi coche rumbo a la capital gallega. Llegamos a media tarde, dejamos el equipaje en el hotel y nos dispusimos a recorrer la ciudad: un verdadero placer para mí, como siempre que tengo la suerte de poder visitarla. Haciendo de cicerone, pusimos rumbo a la Plaza de María Pita, y desde allí a la de Azcárraga, frente a la que se ubica el Edificio de Capitanía General, donde por el año... (bueno, da igual) residí con una beca del ejército —que diría mi amigo Higinio—. De la Plaza de Azcárraga al Castillo de San Antón, y de aquí a la calle La Estrella, la Plaza de Pontevedra, Riazor... Eso sí, de vez en cuando, una parada en este bar, que ponen muy buena tortilla; en ese otro, que dan un vino del Priorato genial; en aquél, cuyos berberechos al vapor quitan el hipo... Y así, íbamos alimentando el alma y el cuerpo. Cuando llegamos a Riazor comenzaba a anochecer y el horizonte ofrecía un espectáculo de color entre anaranjado y violeta.
        Paco, mi amigo, de espíritu un poco místico y muy dado al contacto con la naturaleza, se empeñó en que bajásemos a la playa, a caminar descalzo por la arena. Así lo hicimos y anduvimos un buen trecho, charlando de esto y aquello mientras el rumor del mar nos acunaba. Y acaso fuera esta paz la que me trasladó a otro tiempo, aquel en que... (sí, efectivamente) yo hacía como que jugaba al rugby. Ningún sitio mejor, debí de pensar, como la arena de la playa para intentar placajes de manual. De este modo, comencé a lanzarme en plancha por la arena, y a placarnos mientras corríamos próximos a las olas. ¡Diecisiete, veinticuatro, trece, tres dos! , sin duda, dije.
        Cuando nos cansamos de aquel juego, que tampoco casaba ya con nuestra edad y (se supone) seso, decidimos tomar otra vez la ciudad. Y fue entonces, en ese preciso instante, mientras subíamos las escaleras que unen la playa con el paseo marítimo, cuando eché en falta las llaves del coche. Miré en un bolsillo, en otro, en otro más..., y nada, las llaves que no aparecían por ninguna parte. Deshicimos el camino, rastreándolo, sin ningún resultado. El sol ya se había ocultado por completo y la luz de las farolas no facilitaba la búsqueda, que decidimos abandonar hasta el día siguiente. Sólo pedíamos que durante la noche la marea no se tragara las llaves para siempre.
          Si en Asturias tuve la suerte de dar con ellas, todo apuntaba que allí, en medio de una playa que habíamos andado de parte a parte, sería poco menos que imposible. Además, para no perder la costumbre, tampoco llevaba juego de repuesto, en casa de mis padres, de modo que el asunto se complicaba todavía más. En un cálculo rápido, determinamos que tendríamos que volver a Ponferrada en tren (el lunes debíamos estar puntuales en nuestro puesto de trabajo), pedir las llaves a mi casa, y, una vez recibidas, volver a tomar una tarde un tren a La Coruña para regresar a la ciudad del Bierzo por carretera. No sólo era un fastidio sino que, además, nos iba a costar su dinero.
       Aquella noche recuerdo que soñé con objetos perdidos (no eran llaves). No sé, quizá un fuelle, o una badila de brasero, o una plancha de aquellas que se calentaban con carbón... Sí sé que descansé mal, y que el domingo, antes de amanecer, ya estaba despierto. Paco también lo estaba, y ambos salimos del hotel para llevar a cabo nuestra Misión Rastreo. Hacía un día luminoso y, a pesar de la hora, ya se veían algunas personas caminando por la playa; algo que, obviamente, no favorecía nuestro objetivo.
       Orientados por esta farola, ese saliente, aquella boya..., que habíamos tomado como referencias, comenzamos a reconstruir los pasos de la tarde anterior: por aquí debimos lanzarnos...; no, un poco más allá...; quizá por allí... Y buscábamos. Y no encontrábamos. Para colmo de males, se veía que durante la noche la marea había subido más de lo que imagináramos. Sin duda, lo nuestro era, definitivamente, misión imposible. Aun así, yo rastreaba los lugares donde más me había revolcado; Paco, mientras tanto, se alejó hacia otras zonas. Por ahí no pueden haberse caído, le decía yo. Y él, ajeno, seguía también buscando. Al cabo de unos minutos, vino hacia mí con una sonrisa malévola: en sus manos, las malditas llaves.
         No volví a jugar a semejantes juegos.  Acaso, tras esto, cayera uno de los últimos reductos de mi infancia.

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