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miércoles, 27 de marzo de 2013

La estufa de petróleo


[Estufa idéntica a la de mi clase. Imagen tomada de aquí]

        En aquel caserón que hizo de escuela, antiguo palacio del Conde de Oliva, amplio, destartalado y frío, nos juntábamos en mi clase acaso treinta o treinta y cinco chavales de edades comprendidas entre los ocho y doce o trece años. Bajo la supervisión del viejo maestro, nos dividíamos en distintos grupos, según edades y grados de conocimientos, de modo que cada día, por riguroso orden, cada grupo nos situábamos en corro junto a su mesa para demostrarle el resultado de nuestro trabajo. Atendiendo al nivel de cada uno, ocupábamos un lugar en el corro: el primero, el más aplicado, y así sucesivamente. Día a día, según nuestras respuestas, buenas o malas, el círculo modificaba su orden; y cada cual tenía la posibilidad de alcanzar las posiciones más aventajadas. Don Enrique comenzaba a preguntar al que ocupaba el primer puesto y, de no responder correctamente, trasladaba la cuestión al segundo, al tercero, etc.; aquel que acertaba la respuesta, adelantaba tantas posiciones como compañeros hubieran fallado, mientras éstos, según el nivel de dificultad de la preguntan, recibían (o recibíamos) un varazo, o más, en la palma de la mano. ¡Y hay de aquél que, por miedo o puro instinto, la apartase en el momento de la descarga! Tenía por seguro que no sería uno solo el varazo que lo calentase. 
        He de aclarar, sin embargo, que los golpes no solían ser fuertes, aunque tampoco una simulación. El caso es que este método de premios y castigos, impensable hoy en día, no dejaba de estimularnos y crear entre nosotros una competencia que invitaba al estudio, tanto por el afán de evitar el castigo como por el de presumir ante los demás compañeros de un puesto de privilegio en el corro. Además, el hecho de juntarnos alumnos que por edad y recorrido debían estar en diferentes cursos tenía, a mi modesto modo de entender —posiblemente alejado de toda ortodoxia pedagógica—, otra ventaja. Y era que los alumnos más espabilados, sin dejar de lado sus tareas, escuchaban la lección de los grupos superiores, llegando a asimilar así unos conocimientos que, en el momento de aprenderlos, ya les eran familiares.
      Pero mi memoria hoy, más allá de métodos pedagógicos del pasado, se encamina hacia el escenario de aquel tiempo: un salón inmenso, con suelo de madera desvencijada, cuatro balcones a la calle y paredes con evidentes muestras de humedad; un aula que recuerdo oscura y fría y que, a pesar de ello, sigue trayéndome cálidas remembranzas. Una de ellas, la competencia que existía entre los alumnos de mi edad para ser los elegidos a la hora de ir al almacén de petróleo a comprar combustible para la estufa: una estufa metálica, de hierro, pintada de verde, siempre cercana a la mesa del maestro, y a la que, cuando el frío era más intenso, se nos permitía acercarnos de dos en dos, sin mucho alboroto y por el tiempo imprescindible para calentarnos las manos y volver a nuestro sitio.
       Ya digo que, cada cierto tiempo, cuando Don Enrique calculaba que el combustible estaba a punto de terminarse, escogía a dos chavales para que, garrafa en ristre, se acercaran hasta el almacén, a doscientos o trescientos metros de la escuela, donde nos suministraban aquel oro negro, indispensable para espantar los fríos. Así, cuando iba a llegar la hora, todos nos esforzábamos por prestarnos voluntarios para el recado, sabiendo de antemano que los elegidos serían los dos que en aquel momento ocuparan las primeras plazas en el corro (otro aliciente más para esforzarnos por ser los primeros). Los afortunados, garrafa en ristre, hacían el mandado, procurando, eso sí, que entre la hora de salida y la de regreso, dentro de una lógica aceptable, transcurriese el mayor número de minutos, pues volver con el asunto resuelto en, digamos, tiempo record, retrataba a los recaderos, a los que, sin ninguna consideración, los demás tachábamos de pringaos y mariquitas. Para ello, es decir, para alargar la ausencia, cada cual inventaba las excusas más peregrinas: que si se les había acabado el petróleo en el almacén y en ese momento estaba descargando el camión; que si había muchos clientes cuando hemos llegado; que si uno que estaba delante de nosotros no quería pagar y han tenido que llamar al los guardias; que si... Don Enrique, procuraba pasar página rápidamente y, salvo evidencias de escaqueo fuera de lo común, enseguida daba la cuestión por zanjada y continuaba con el gobierno de la clase. No sin antes, naturalmente, hacer que los alumnos elegidos alimentaran la estufa y la pusiesen en marcha. Una vez realizado, y hasta la próxima ocasión, todo volvía a su ser y su rutina.

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