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martes, 19 de marzo de 2013

Noche de teatro



 [Imagen tomada de la web: www.todoporhacer.com]




            Imaginad el escenario. Sin ello, es muy probable que esta historia carezca de sentido. De modo que, en primer lugar, se ruega al respetable un ejercicio de traslación a principios de la década de los ochenta, tiempo de convulsiones en el país, en plena transición, con continuos atentados de ETA y un runrún generalizado sobre un más que probable golpe de estado.
            El protagonista: un joven que junto a otros amigos —dos varones, dos mujeres—viajan en un utilitario Seat 133, pasadas las once de la noche, desde Madrid al pueblo donde viven, tras asistir a una representación teatral: Veraneantes, de Anton Chejov, éxito de la temporada.
Actores secundarios: efectivos de la Policía Nacional en un Control en la calle de Santa María de la Cabeza, próxima a la carretera de Toledo.
Argumento, y... ¡Acción!: Los jóvenes —ya se ha dicho— regresan a su lugar de origen, un pueblo de Toledo, a algo más de cien kilómetros de distancia. El protagonista cuenta con una larga y poblada barba, bastante común en los jóvenes de la época, símbolo contestatario y elemento que mueve a sospecha a cualquier persona de bien. A esa hora de la noche —es invierno— hay poca circulación por las calles de la capital, de modo que calculan que en poco más de hora y media estarán de nuevo en casa. Sin embargo, apenas toman Santa María de la Cabeza, la circulación se hace más lenta, con continuas retenciones. Especulan: ¿un accidente?, ¿un atentado...? Pronto salen de dudas al ver las señales que advierten de un control policial y cómo agentes, subfusil en mano, de un lado a otro de la calzada, atentos a los viajeros que circulan a paso de tortuga, de forma arbitraria comprueban identidades y mercancías. De pronto, uno de los pasajeros da la alerta: “¡Nos paran!” Ha visto a uno de los policías hacer señas a un compañero y, efectivamente, se les ordena que salgan del carril que ocupan y estacionen tras un furgón policial, donde se procederá a su identificación.
Instantes después, tras la orden de bajar el cristal de la ventanilla del conductor, el cañón de un subfusil entra en el habitáculo sin dar siquiera las buenas noches. Tras él, la voz autoritaria de un policía les pide que se identifiquen: Carnet de identidad, carnet de conducir, documentación del coche, ¡las manos a la vista! Ahora, junto a la puerta del copiloto, otro policía comienza a comprobar los documentos. El que está con el conductor le ordena que abra el capó del vehículo y baje del coche; luego, que levante la portezuela y le muestre cuantos bultos transporta. Por suerte, la inspección será rápida: caja de herramientas y una bolsa de plástico, de supermercado; dentro de ella, una buena porción de unto gallego, como de un kilo de peso. La presencia del unto merecería explicación aparte, pero sólo digamos que obedece al encargo de un amigo, a tenor de un reciente viaje del conductor a tierras gallegas. Para quien no lo sepa, el unto no deja de ser tocino que enriquece el pote gallego; algo que, dada su consistencia sospechosa (acaso en particulares circunstancias podría confundirse con algún explosivo), despertará el recelo del agente.
La escena, iluminada apenas por el haz ceniciento de las farolas de la calle, y la fugacidad de los focos de los demás coches que, lentamente, pasan de largo, se desarrolla, más o menos, así:
Policía 1 (Situado junto a la aleta derecha del vehículo, frente al joven, que ocupa el lado izquierdo): ¿Qué guarda en esa bolsa?
Joven (Algo nervioso por la presencia del subfusil, que no deja de apuntarle): No se lo va a creer, pero es unto.
Policía 1 (mosqueado): ¡¿Qué?! 
Joven: Unto. Unto gallego. Para el caldo (aclara).
Policía 1: ¡Desenvuélvalo!
El joven lo desenvuelve: primero el papel de estraza, después el envoltorio de plástico transparente. El policía, que no debe de saber muy bien qué es aquello del unto, lo observa y, con cierto recelo, procede a palparlo. Sin duda, advierte su carácter grasiento y con cierta prevención lo toma en sus manos y olfatea. Después, devolviéndoselo, se dirige nuevamente al joven.
Policía 1 (cargado de razón): Es salado.
Joven (con resignación): Sí señor.
Policía 1: Está bien, guárdelo. Cierre el capó. (Luego pregunta a su compañero, que ha terminado de inspeccionar los documentos requisados): ¿Hay algo?
            Policía 2: Nada.
            Policía 1 (dirigiéndose al joven): De acuerdo, pueden seguir. Buenas noches.
            Joven: Buenas noches.
            Tras subir y arrancar el 133 los jóvenes, sin más contratiempos, continúan viaje.
Telón rápido.   


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