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lunes, 8 de abril de 2013

Oído por ahí

["Campesinos dialogando", óleo de Juan Herrador Granero. Tomado de aquí]



         —Resulta sorprendente, si lo piensa, cómo hemos podido llegar hasta aquí, hasta esta ponzoñosa realidad, donde casi todo obedece a las nauseabundas leyes de eso que llaman los mercados. Miras atrás y tienes la sensación —aunque también puede que esta visión no sea real y obedezca a cierto romanticismo y añoranzas— de que todo aquel sueño colectivo en pos de un país y un mundo mejor (el famoso “estado del bienestar”) se vino abajo por culpa, primero, de unos pocos: gentes sin escrúpulos que entraron en política con afán de medrar y enriquecerse. De este modo, aquellos diputados y senadores de las primeras legislaturas, hombres y mujeres formados en la universidad, médicos, abogados, ingenieros, profesores, científicos, que, captados para la política, llegaron con el sueño común de mejorar el país, fueron, al paso de los días, apartados por aquellos otros que no dudaron en emplear cualquier arma que sirviera a sus propios intereses. Así, los partidos, maquinarias pesadas e inmovilistas, acabaron conducidos por estos últimos en detrimento de aquellos otros románticos que, viendo el panorama, regresaron a sus consultas, sus bufetes, sus despachos, sus aulas o sus laboratorios, dejando manos libres a tanto advenedizo. Después, la burbuja inmobiliaria, las recalificaciones, comisiones, obras faraónicas y sin sentido..., para llegar a esto: la corrupción, la brecha cada vez mayor entre ricos y pobres, los desahucios, las cuentas en Suiza... ¿Regeneración, dice? Sí, por supuesto. Sólo que, tal como están las Leyes, quién será el guapo que acabará por poner el cascabel al gato.
            —¿Sabe usted qué le digo?
            —No señor.
            —Pues que a menudo recuerdo una lectura provechosa: Historia de dos ciudades, de Dickens.
            —Muy provechosa, ya lo creo.
            —Pues eso.  

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