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lunes, 22 de abril de 2013

Veintidós de abril: verbo y memoria



 
[Mis abuelos]



            Tal día como hoy era el cumpleaños de mi abuelo, y, también, el aniversario de boda de mis padres. De ahí la costumbre, cuando yo era pequeño, de reunirnos a comer la familia en la vivienda de los abuelos, en la planta baja de la misma casa que nosotros habitábamos.
            Recuerdo que desde por la mañana bien temprano la abuela ya andaba metida en la cocina preparando el almuerzo, que, según su costumbre, todos los años era el mismo. Bien aderezado y copioso, no quedaba otra que, al menos durante un par de días más, repetir hasta acabar con el total de existencias. A los entremeses, más o menos habituales en la celebraciones —jamón, embutidos, queso, aceitunas rellenas, mejillones, anchoas y patatas fritas; éstas compradas por mi hermana y por mí esa misma mañana en la Fábrica de Patatas Fritas La Esmeralda, a unas pocas calles de nuestro domicilio—, seguía una sopa al cuarto hecha con un sofrito de cebolla, ajo, pimiento y tomate, caldo de pescado, chirlas, calamares, gambas, rape, huevo cocido, higaditos de pollo triturados y coscurritos (o, lo que es igual, dados de pan frito, que tanto nos gustaban a mi hermana y a mí). La sopa siempre llegaba a la mesa bien caliente, de modo que rara era la vez que el abuelo, en la primera cucharada que se llevaba a la boca, no acabara quemándose, cuestión que daba irremisiblemente en un diálogo entre mi abuela y él que era todo un clásico. Tras el taco de rigor, mi abuelo protestaba de la excesiva temperatura del caldo, y mi abuela, con toda la lógica del mundo, respondía que así estaba a gusto de todos. Ante argumento tan devastador, no cabía otra respuesta que el silencio, que era el que adoptaba mi abuelo mientras, ahora sí, soplaba una y otra vez la cuchara antes de llevársela nuevamente a la boca. A continuación, gallina en pepitoria. Para ello, la víspera, la abuela había elegido del corral un par de buenas aves y, tras rebanarlas el pescuezo para extraerles la sangre, las desplumaba y limpiaba, dejándolas colgadas durante toda la noche de unos garfios situados en el techo de la cocina. Al día siguiente, es decir, el mismo día veintidós, el ritual de los fogones: trocear la gallina, pochar la cebolla (que debía quedar transparente), añadir los ajos, almendra rallada..., dorar aparte la carne, incorporarla a la cazuela junto a un vaso de vino, azafrán, laurel..., cubrir con agua, cocer a fuego lento... y, casi al final, agregar yema de huevo cocido y la clara, picadita.
            Recuerdo que el plato era una delicia y, acaso, el favorito del abuelo, que, afectado de una dolencia cardíaca, lo acompañaba con el único vaso de vino tinto que se permitía beber; negociado previamente con su médico. Doctor, contaba mi padre que le dijo, déjeme al menos un vasito de vino en las comidas. Si después de todo lo que me ha prohibido también debo renunciar a esto, no me diga que mi vida va a ser una fiesta. Y el médico, claro, accedió.
            Después llegaba el postre: pasteles que un mozo había traído a media mañana, encargados por mi abuelo en la Pastelería Pato, en cuyo obrador se hacía el mejor hojaldre en muchas millas a la redonda.
            Tras el café, como si de un ritual se tratase, venía la frase lapidaria del abuelo que tanto irritaba a mi abuela: Si a esto le llaman comer, ya hemos comido, decía él. Y a ella parecía que se la llevaban los diablos, pues a pesar de que no dejaba de ser una broma, se lo tomaba en serio al entender que su labor como cocinera era puesta en duda.
            Mi abuelo se fue cuando yo tenía nueve años. Mi padre nos dejó recientemente. Hoy, veintidós de abril, los vuelvo a tener junto a mí por el conjuro vital del verbo y la memoria.

4 comentarios:

  1. Tras obligada ausencia, me pongo al día en tus puntuales y sugerentes, además de lúdicos e inspirados, "verbos y penumbras" con este apunte familiar en torno a una fecha que, ya sabes, también me dice mucho. Me admira la precisión de tu memoria (aunque como dice un aforismo leído no sé donde, «el recuerdo sea también un invento del corazón») y, en especial, lo entrañable de los pequeños detalles y la magia de los nombres exactos (esos coscurritos, por ejemplo). En fin, que es una gozada poder seguir leyéndote cada día, o pasando hacia atrás las hojas, como hoy. Un abrazo.

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    1. Alfredo, sabes cómo celebro tu vuelta. Cuando programaba la entrada pensaba también en el significado de la fecha para ti (ya he visto que haces referencia a ella en La Posada). Sobre lo que dices de los recuerdos, me apunto a la verdad del aforismo. Seguramente, y en el caso de los Fragmentos, más de una vez pueda aplicárselo.

      Un abrazo.

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  2. Eso es un menú como Dios manda y no esas mariconadas de los restaurantes de ahora, que tardas más en leer el nombre del plato que en comértelo. Tú dices en un sitio de esos "coscurrito" y te cobran de más.
    ¡Cómo me relamo con esa gallina! ¡Y cómo les gustaba a las abuelas rebanarles el pescuezo! (Guiño cómplice).
    Precioso texto, Antonio.

    Un abrazo.

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    1. Ya lo creo, Elías. La gallina, y más aquéllas, criadas con maíz y salvado en el corral de casa, estaba, como se suele decir, de toma pan y moja. Y sí, lo de las abuelas, rebañando pescuezo de gallinas, lo vivimos más de uno (recuerdo habértelo también leído, y cómo me identifiqué con ello en su día).

      Otro abrazo para ti.

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