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jueves, 2 de mayo de 2013

Arte de pesca



 
[Pescador. Imagen tomada de aquí]


             Dispone con paciencia los aparejos de pesca; después, con un latigazo preciso, repetido en tantas ocasiones, el anzuelo se sumerge en el agua y él comienza un ejercicio de espera y comunicación consigo mismo. Allí, aislado de todos y de todo, puede conversar sin temor a equívocos ni interferencias; puede aceptarse y rechazarse y establecer mil y un propósitos de enmienda, si fuera necesario. Mientras tanto, la boya se balancea mansamente en las aguas, ajena a los soliloquios del pescador y al oficio del cebo, que danza y danza en su labor de imán. Tal vez hoy la suerte acompañe y la cesta se llene de pescados; quizá regrese a casa con el cansancio que agrava la derrota y la frustración ante lo que podría ser y al final no es. En cualquier caso, piensa, soy yo mismo. Respiro la naturaleza, estas aguas transparentes —¡qué pocas van quedando!— y me concilio conmigo y con el mundo. ¿Qué más quiero?
                 Así también la tarea paciente del poeta.  

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