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martes, 30 de abril de 2013

Próximo mayo



 
[Imagen tomada de aquí

Próximo mayo.
La celinda, ya arcángel
de aromas blancos.

lunes, 29 de abril de 2013

En estos tiempos

En baja forma estos días, escucho esta canción, que tanto dice, aunque con el montaje del vídeo no esté tan de acuerdo:


jueves, 25 de abril de 2013

25 de Abril




¿Adónde tantos sueños como un día
surgieron del afán de tantas voces?
¿Adónde la alegría, la esperanza,
la solidaridad, el horizonte?
¿Por qué siempre, detrás de cada idea
que da a un mundo mejor, nace un abismo?
¿Por qué siempre regresan los de siempre
para imponer su mundo putrefacto?
Me pregunto por qué, con la certeza
de que nunca está cerca el paraíso.

miércoles, 24 de abril de 2013

Utopía





Para mañana, lavas, caminos encendidos,
claros peregrinajes hacia una luz distinta,
silencios poderosos donde expresar lo exacto,
otros amaneceres en donde nada falte.
Para mañana, sueños, cálidas utopías,
horizontes abiertos al v-uelo de las manos,
y dirección prohibida a las máscaras negras,
y, sobre todo, todos haciéndolo posible.
Pero, cuándo es mañana, que preguntó el poeta.
Y nada me responden reloj ni calendario.

martes, 23 de abril de 2013

lunes, 22 de abril de 2013

Veintidós de abril: verbo y memoria



 
[Mis abuelos]



            Tal día como hoy era el cumpleaños de mi abuelo, y, también, el aniversario de boda de mis padres. De ahí la costumbre, cuando yo era pequeño, de reunirnos a comer la familia en la vivienda de los abuelos, en la planta baja de la misma casa que nosotros habitábamos.
            Recuerdo que desde por la mañana bien temprano la abuela ya andaba metida en la cocina preparando el almuerzo, que, según su costumbre, todos los años era el mismo. Bien aderezado y copioso, no quedaba otra que, al menos durante un par de días más, repetir hasta acabar con el total de existencias. A los entremeses, más o menos habituales en la celebraciones —jamón, embutidos, queso, aceitunas rellenas, mejillones, anchoas y patatas fritas; éstas compradas por mi hermana y por mí esa misma mañana en la Fábrica de Patatas Fritas La Esmeralda, a unas pocas calles de nuestro domicilio—, seguía una sopa al cuarto hecha con un sofrito de cebolla, ajo, pimiento y tomate, caldo de pescado, chirlas, calamares, gambas, rape, huevo cocido, higaditos de pollo triturados y coscurritos (o, lo que es igual, dados de pan frito, que tanto nos gustaban a mi hermana y a mí). La sopa siempre llegaba a la mesa bien caliente, de modo que rara era la vez que el abuelo, en la primera cucharada que se llevaba a la boca, no acabara quemándose, cuestión que daba irremisiblemente en un diálogo entre mi abuela y él que era todo un clásico. Tras el taco de rigor, mi abuelo protestaba de la excesiva temperatura del caldo, y mi abuela, con toda la lógica del mundo, respondía que así estaba a gusto de todos. Ante argumento tan devastador, no cabía otra respuesta que el silencio, que era el que adoptaba mi abuelo mientras, ahora sí, soplaba una y otra vez la cuchara antes de llevársela nuevamente a la boca. A continuación, gallina en pepitoria. Para ello, la víspera, la abuela había elegido del corral un par de buenas aves y, tras rebanarlas el pescuezo para extraerles la sangre, las desplumaba y limpiaba, dejándolas colgadas durante toda la noche de unos garfios situados en el techo de la cocina. Al día siguiente, es decir, el mismo día veintidós, el ritual de los fogones: trocear la gallina, pochar la cebolla (que debía quedar transparente), añadir los ajos, almendra rallada..., dorar aparte la carne, incorporarla a la cazuela junto a un vaso de vino, azafrán, laurel..., cubrir con agua, cocer a fuego lento... y, casi al final, agregar yema de huevo cocido y la clara, picadita.
            Recuerdo que el plato era una delicia y, acaso, el favorito del abuelo, que, afectado de una dolencia cardíaca, lo acompañaba con el único vaso de vino tinto que se permitía beber; negociado previamente con su médico. Doctor, contaba mi padre que le dijo, déjeme al menos un vasito de vino en las comidas. Si después de todo lo que me ha prohibido también debo renunciar a esto, no me diga que mi vida va a ser una fiesta. Y el médico, claro, accedió.
            Después llegaba el postre: pasteles que un mozo había traído a media mañana, encargados por mi abuelo en la Pastelería Pato, en cuyo obrador se hacía el mejor hojaldre en muchas millas a la redonda.
            Tras el café, como si de un ritual se tratase, venía la frase lapidaria del abuelo que tanto irritaba a mi abuela: Si a esto le llaman comer, ya hemos comido, decía él. Y a ella parecía que se la llevaban los diablos, pues a pesar de que no dejaba de ser una broma, se lo tomaba en serio al entender que su labor como cocinera era puesta en duda.
            Mi abuelo se fue cuando yo tenía nueve años. Mi padre nos dejó recientemente. Hoy, veintidós de abril, los vuelvo a tener junto a mí por el conjuro vital del verbo y la memoria.