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miércoles, 23 de abril de 2014

Un día distinto

[Fotograma de la serie Mad Men]


            Supo que no era un día como los demás desde el instante en que el repiqueteo nervioso del despertador saltó en la mesilla: un sonido distinto al de otras mañanas, acaso más metálico, le taladraba el cerebro, presa todavía de la pesadez del sueño, aun después de haber pulsado el botón de stop. Con ese desagradable tintineo dentro de su cabeza se calzó las zapatillas y fue al cuarto de baño. Una nueva sensación de extrañeza se apoderó de él, pues le pareció que se movía con una levedad desacostumbrada, como si durante la noche todo su peso hubiese dado paso a una forma más próxima a lo que se supone que es un espíritu puro. El hecho de no haber luz en la casa fue un motivo más de desasosiego. Como lo fue observar que, a pesar de la más absoluta oscuridad —a esa hora aún no había amanecido y no llegaba el mínimo resplandor desde el patio de luces—, era capaz de verse en el espejo, de afeitarse sin la menor complicación. En la ducha, nueva advertencia: el agua templada de costumbre se había transformado en diminutos alfileres helados que se le clavaban en la espalda, la cabeza, los brazos, sin que por ello una sola gota de sangre brotase de su cuerpo.
            Se vistió a oscuras, eligiendo, empero, del armario la camisa precisa, el traje adecuado, la corbata exacta. Por fin, cerró la puerta tras de sí y comenzó a bajar las escaleras. Saludó a Aurelio, el portero, como cada mañana. Pero éste, en vez de salir servicial de su chiringuito para adelantarle el parte meteorológico —si llovía o nevaba, si hacía viento, si ese día el sol se haría notar—, continuó sentado en la mesa camilla de la portería, en silencio, enfrascado en la lectura de un periódico deportivo, ajeno a sus palabras.
            Al comprar el diario, en el kiosco de costumbre, Genaro, el hombre que llevaba atendiéndole cada día desde tiempos remotos, tampoco correspondió a su saludo; y aunque le pareció que le dirigía una palabras, éstas fueron ininteligibles por completo.
            En la cafetería donde desayunaba diariamente, Ramón, el camarero que antes de que se acomodase en la barra ya le preparaba el café y pedía una tostada con aceite y tomate a la cocina, continuó impertérrito junto a la caja registradora. Sólo cuando le reclamó por segunda vez la comanda se puso en marcha, aunque tratándole como a un verdadero extraño.
            Ya en la oficina, dejó atrás el ascensor y avanzó hasta su despacho entre las mesas de auxiliares, oficiales y secretarias, sin que por parte de nadie, como había sido desde el principio de los tiempos, recibiese un reverencial saludo. Tampoco Conchita, su más directa colaboradora, se levantó como un resorte de la silla al verlo llegar.
            Pareció encontrar cierto alivio al acomodarse en el despacho, al ver las carpetas de clientes sobre su mesa, el teléfono en su sitio, el ordenador, con el protector de pantalla acostumbrado. Se disponía a trabajar cuando el teléfono comenzó a repicar con un timbre idéntico al del despertador de aquel día: una y otra vez, sin que nadie cogiese la llamada. Gritó a Conchita: ¡Ese teléfono! ¡Ese teléfono!, varias veces, pero su desagradable tintineo continuaba. Por fin, descolgó él mismo. Al otro lado de la línea alguien habló, aunque fue incapaz de entender en qué idioma. Colgó enfurecido, dispuesto a echar la primera bronca del día a su secretaria. Fue entonces cuando reparó en los sollozos de Conchita, en que varias personas se aproximaban a ella, interesándose por algo que la muchacha, con voz entrecortada, intentaba trasladarles. Por fin, pudo entender lo que decía. Don Luis. Era doña Elena, su esposa. Don Luis. Don Luis ha muerto. Esta noche. Un infarto.
            Y lloraba. 

2 comentarios:

  1. Ser fantasma es lo que tiene: por lo general, eres el último en enterarte. Me ha gustado (salvo, tal vez, las tres últimas palabras). Un abrazo.

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    1. Gracias, Alfredo. Creo que tienes razón: palabras eliminadas.

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