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jueves, 15 de mayo de 2014

El hombre del sombrero blanco



Aquel día, como cada mañana desde hacía ya dos meses, el hombre del sombrero blanco, puntual, dobló la esquina de la plaza, en dirección a mi calle. Desde el ventanal donde se encontraba la mesa en la que hacía los deberes lo veía venir, con paso lento y distinguido, el bastón en la mano derecha, la mirada atenta a cuanto discurría a su alrededor. Era un hombre de avanzada edad y aspecto enjuto, un poco quijotesco; algo a lo que contribuía una barba afilada y cana, similar a la que luce el héroe cervantino en algunos grabados. Verlo y dejar mi tarea era todo uno. Observaba cómo se acercaba hacia mi casa, y seguía mirándolo hasta que, traspasada ésta, le perdía de vista, doblada la esquina de la Calle de la Buena Muerte. Y, aunque no entendía a qué achacar aquella fascinación que en mí despertara, cada mañana contaba impaciente el tiempo que faltaba para que el reloj de la plaza anunciase la hora del mediodía, momento exacto —ni un minuto antes, ni uno después— en que él hacía acto de presencia. Durante el lapso que tardaba en recorrer la distancia que lo exponía a mi mirada, el hombre del sombrero blanco apenas cruzaba un saludo con algún viandante, y nunca lo vi detenerse a charlar con nadie.
            Recuerdo que aquel era un día de mayo porque la primavera estaba ya mediada y las acacias del bulevar exhalaban un aroma penetrante, algo ácido, que subía hasta mi casa y contribuía a una incipiente alergia que cada año me afectaba un poco más. En mi memoria guardo con nitidez meridiana aquel día porque, a diferencia de lo que era habitual —el desfile lento del personaje hasta desaparecer de mi vista— ocurrió algo que propició nuestro encuentro. Apenas a unos metros de mi casa, un joven, perseguido por dos policías, chocó por detrás con el hombre del sombrero blanco, haciéndole caer. Los policías, sin embargo, continuaron la persecución del presunto delincuente, ajenos al anciano. Sin pensármelo dos veces, corrí escaleras abajo y salí a la calle, plantándome en un santiamén junto al hombre. Le pregunté si se notaba alguna lesión grave, algún hueso roto; me dijo que no. Lo ayudé a levantarse y me empeñé en que entrase conmigo en la casa para curarle una pequeña herida que se había hecho al caer, a la que apliqué una película de desinfectante de mercurocromo, bálsamo de Fierabrás con el que mi madre abordaba cualquier mínimo rasguño que pudiéramos hacernos. El hombre del sombrero blanco me dio las gracias y me aceptó un vaso de agua que yo mismo había extraído de nuestro pozo. Después salió a la calle y continuó su paseo, imperturbable, sin volver la vista atrás, como cada jornada.
            Al día siguiente, sin embargo, no apareció. Ni al segundo día, ni al tercero. El hombre del sombrero blanco no volvió a asomar por la plaza ni a cruzar delante del ventanal, hacia la Calle de la Buena Muerte. Durante un mes, sin fallar una sola mañana, estuve plantado en mi atalaya de observación a la hora del mediodía, confiado en que, en cualquier momento, lo vería aparecer de nuevo. Sin embargo, pasado ese tiempo, me convencí de que el hombre debería de haberse mudado a otra ciudad, o estar enfermo. O, en el peor de los casos, muerto, y, por tanto, jamás se cruzaría nuevamente en mi vida.
            Hoy, muchos años después, he vuelto a verlo. Postrado en mi cama, advertí su presencia en un rincón de la habitación, confundido entre mis hijos y las enfermeras y médicos que entran y salen continuamente, y cuchichean agoreros pronósticos sobre mi salud, convencidos de que no sé de lo que hablan. El hombre del sombrero blanco me ha dedicado una mirada tranquilizadora y sonreído como se le sonríe a un verdadero amigo. Después se ha sentado en la butaca de la habitación y ha desplegado un enorme periódico, tras el cual ha ocultado su rostro.
            Sé que a partir de ahora lo veré muchas veces. O quizá nunca más. En cualquier caso, su presencia me llena de sosiego. Mientras, la hora se aproxima.

2 comentarios:

  1. Tan inquietante como hermoso y, finalmente, tranquilizador. En esa calle que dices nos veremos todos, aunque no podemos estar pensando en ello, porque sino... Ojalá haga honor a su nombre.

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    1. Ojalá, Alfredo. Y que tarde, que tarde... Celebro que el relato haya sido de tu agrado.

      Un abrazo.

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