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viernes, 9 de mayo de 2014

La noche de autos

[Fotograma del film "Días de vino y rosas", de Blake Edwards]

            La noche de autos lo tenía todo escrupulosamente calculado. Llevé a mi novia a cenar a un pequeño restaurante italiano, famoso no sólo por cómo preparaban la pasta, sino, también, porque su ambiente era acogedor e íntimo, propicio a los encuentros amorosos. Había cobrado aquel mismo día la minuta de mi último juicio: una disputa entre dos individuos que, rota la sociedad que compartían, no se ponían de acuerdo en el reparto, y que acabó en los Tribunales; a mí me correspondió, de oficio, la defensa de uno de ellos y, aunque la sentencia no fue tan satisfactoria como a priori él deseara, la verdad es que salió bastante favorecido y, en consecuencia, tuvo el detalle de gratificarme con una cantidad nada pírrica.
            La noche de autos entramos en el restaurante y, tras un gesto discreto al camarero, éste nos acomodó en una mesa apartada y tranquila. Ella pidió un risotto de setas y yo un plato de carne, guisada con una salsa espesa de tomate y mucha albahaca. Bebimos un lambrusco y, tras los postres y el café, muy espeso, muy negro, ella se permitió una copa de Amaretto y yo me decidí por una de grappa Barricata, Gran Reserva. Durante el tiempo en que degustamos nuestros respectivos manjares hablamos mucho: de los seis meses que hacía que habíamos comenzado a salir, de cómo imaginábamos el futuro, de la posibilidad de tener hijos, quizá tres... Su mirada, acaso, la noche de autos era más dulce y cálida que nunca; su sonrisa, un paraíso. Y yo nunca había estado tan enamorado. Pedí la cuenta. Habíamos decidido que pasaríamos la noche juntos, en un pequeño hotel, muy próximo al establecimiento. Y fue entonces, al salir a la calle, cuando ocurrió: en una desaforada persecución, aquellos dos coches aparecieron a toda velocidad tras una esquina; oímos el derrape del primero y, sin tiempo para ponernos a salvo, fue a empotrarse contra la cristalera del restaurante en el que tantos planes acabábamos de hacer. En el accidente, alcanzó a Elena de soslayo. Sufrió una rotura de menisco y magulladuras varias; yo tuve mejor suerte.
            Aquella noche —la de autos— acabamos en el hospital.

6 comentarios:

  1. De autos, sí señor, nunca mejor dicho.
    ¿Y como acabó la cosa? ¿Quedó coja la muchacha? Cuántos niños al final? ¿Tres, cuatro?

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    1. Obviamente, Elías, todo eso pertenece al secreto del sumario. (Guiño cómplice)

      Un abrazo.

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  2. "Se veía (de) venir", que diría el clásico, con tanto "auto" suelto por ahí... Muy bien contado. Tal vez podría "mejorarse", en el menú, lo del lambrusco, la ocasión merecía al menos un barolo, incluso un brunello de Montalcino, ja ja... Un abrazo.

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    1. Alfredo, le diremos al mozo que apunte lo del vino. Digo yo que habrá alguna otra celebración tras la salida del hospital.

      (Otro guiño).

      Y otro abrazo.

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  3. y valga la redundancia, nunca mejor dicho, noche de "autos". ...¿ en el hospital cuantos días...?, lo digo por eso de retomar lo forzosamente pospuesto...

    Abrazos, Antonio

    Fina

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    1. Fina, como le digo a Elías, todo lo que ocurra tras la entrada al hospital pertenece al secreto del sumario.

      Gracias por la visita.

      Un abrazo

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