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miércoles, 21 de mayo de 2014

Por tierras vikingas (3)



3

            Ahora, todavía, el viajero se encuentra por encima de las nubes. Un sol cegador entra por las ventanillas del avión mientras éste parece detenido en el vacío: tan suave su desplazamiento. El Comandante —una de las últimas personas ajenas al grupo a la que oirán hablar en español— les ha adelantado que el vuelo será plácido, que lo harán con buen tiempo, y que así será el que se encuentren en Estocolmo, donde se prevé una temperatura de 11ºC en el momento del aterrizaje. Hay, sin embargo, un agente perturbador en el inicio de la travesía, un factor con el que deben ser tolerantes y que, hacia la mitad del viaje, habrá desaparecido. Ese factor no es otro que la presencia de un par de niños que viajan en compañía de su madre en la fila de detrás y que, inquietos, juegan, gritan, se mueven, hasta quedar rendidos definitivamente por el sueño.
            El vuelo transcurre sin otras incidencias que destacar, sujeto a una monotonía tranquilizadora que no es rota en ningún momento. El viajero echa de menos el que algún miembro de la tripulación les indique de vez en cuando por dónde vuelan y les advierta de lo que se ve allá abajo, cuando puede verse alguna franja de terreno entre el azul difuso de océanos y mares.

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