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martes, 23 de diciembre de 2014

Romance del cansado de hacer con la lotería el primo





Es tradición y costumbre,
cuando la Pascua se acerca
y pisamos el umbral
que antecede a Nochebuena
—el día de San Zenón,
que es 22, por más señas,
y ya anticipa el belén—,
se inicie la cantinela
de los alumnos de San
Ildefonso, que demuestran
clara voz, timbre afinado
y una ilusión que es señera,
pues en sus manos está
—y en su canción— la proeza
de cambiar algunas vidas
con El Gordo, cuando llega.

Y es tradición y costumbre
entre familias y peñas
intercambiar lotería
con la esperanza de que ésta
un año toque y trastoque
para bien nuestra manera
rutinaria de vivir.
Es decir, que si se tercia
la Fortuna, y nos elige,
y elige —casi quimera—
el número que jugamos,
y el primer premio nos deja,
con poquito que llevemos
dé nuestra vida una vuelta,
y así —o así lo soñamos—
todo adquiera otra belleza.

Pero un año y otro año,
la diosa nos es ajena,
y no nos toca ni gordo,
ni reintegro, ni pedrea,
y, al final, cuando sumamos
lo que jugamos, nos queda
cara de tontos; decimos
aquello que ya es sentencia:
Lo importante es la salud.
Queda la del Niño. Y esa
es la historia, año tras año,
con un final sin sorpresa.

Además, últimamente,
Hacienda, sagaz y artera,
ante los premios mayores
impone una tasa nueva,
y con el veinte por ciento
penaliza. Tal afrenta
—pues por tal la considero—
suma a mi poca querencia
por el juego, y de este modo
decido que serán éstas
las últimas navidades
que me abandone a la inercia
de invertir en lotería
e intercambiar con colegas,
con hermanos y cuñados.
Pongo fin a esa tarea,
cansado de hacer el primo
en inversiones loteras.
Hago propósito de
no invertir ni una peseta
—que hoy son euros, ya lo sé,
y que, además, ni consuenan
con aquella melodía
de otro tiempo— ni en pequeñas
participaciones, ni
en décimos. Si viniera
alguien con trueques, muy lejos
de aceptar su amable oferta,
le sugeriré que deje
tal dádiva en su cartera
y si, llegado el momento,
fuese Fortuna doncella
generosa, y le obsequiara,
por fin, con su buena estrella,
convirtiéndole en Rey Midas,
por favor, que no me venga
como en el famoso anuncio
ñoño, que casi da pena—,
diciendo: Te lo guardé
y ésta es tu parte. Que sepa
que prefiero que ese premio
generoso que me entrega
lo destine a obras sociales,
a ONGs, a otros que tengan
más necesidad que yo.

Quede así constancia de ésta
mi voluntad, que constato
y rubrico en Talavera,
una noche de diciembre, 
a dos de la Nochebuena.

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