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jueves, 12 de marzo de 2015

Crónica Bizantina (17)

[© A. C. G.] 

         Con el cuerpo templado por el té y las estufas del Pierre Lotti, regresamos. Unos, de nuevo en funicular; otros, a pie. Volvemos a pasar cerca de la Mezquita y, ya noche cerrada, nos cuesta dar con la parada del bus que ha de devolvernos al Puente de Gálata. Allí, junto al embarcadero, probaremos uno de esos típicos bocadillos de caballa que tanto nos han recomendado, y que, en realidad, podríamos habernos evitado sin remordimientos, pues el manjar consiste en media pieza aceitosa, emparedada en un bollo de pan, con guarnición de cebolla cruda en cantidad ingente, y lechuga. Los establecimientos expendedores de tal exquisitez —barcazas con enormes parrillas, atracadas a lo largo de la ribera—, ante los que se concentran propios y extraños, trabajan sin descanso. Así, el humo pegajoso de las fritangas se expande por la zona y lo envuelve todo, y ese denso olor a pescado frito viene a ser otro argumento más a favor de que lo sensato hubiese sido pasar de largo y evitar la solemne tentación. Además, alguno, en vez de disfrutar del bocadillo, lo consume en arduo combate con espinas y escamas, y, no contento con ello, lo repite después durante buena parte de la noche. Aun así, ¿cómo nos habríamos sentido si, teniéndolo tan a mano, no lo hubiéramos probado? ¿Qué hubiésemos respondido si, ya en España, alguien nos lo hubiese ensalzado como antes otros lo hicieron? Ahora podremos hablar sobre ello con la autoridad que da la propia experiencia, y advertir al viajero que, entre las cosas esenciales que deberá probar en la ciudad turca, por mucho que se lo recomienden, no se encuentra el tan alabado bocadillo de caballa. Que no diga que no se le ha advertido. Luego, allá él. (O ella).

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