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sábado, 14 de marzo de 2015

Crónica Bizantina (19)

[© A. C. G.] 

            Nuestro último día en Estambul. Mañana, a las diez, está previsto que nos recojan en la puerta del hotel para llevarnos al aeropuerto, donde embarcaremos rumbo a España. Decidimos —el grupo— tomarnos el día libre, que cada cual elija aquello que le plazca. Y así nos dividimos: unos, aún dispuestos a descubrir templos nuevos; otros, de compras; otros... decididos a encontrar el Acueducto de Valens. Yo formo parte de estos últimos. Así que nos separamos, no sin antes fijar una hora a la que encontrarnos para comer.
            Callejeamos con mucho frío y un sol nada agresivo, ideal para poner la luz perfecta en las instantáneas que disparamos. Con el plano en la mano, y alguna consulta a un par de transeúntes, llegamos hasta la puerta principal de la Universidad, ahora en obras. Hacemos fotos. Seguimos. Volvemos a preguntar. Por aquí..., por allá... Imperceptiblemente, comienza a llover. Es aguanieve, decimos. Y con la palabra aún saliendo de nuestros labios ya caen copos como puños. Se alojan en las ramas desnudas de los árboles, sobre los autos detenidos, en las estatuas, tejados, aceras y calzadas. Sopla un viento furioso, el frío arrecia y debemos buscar un café en donde guarecernos. Tomamos un té algo insípido mientras nuestros abrigos se secan y recobramos el aliento. Por momentos parece que la nevada ha pasado. Sin embargo, la calle ya está cubierta por un blanco manto, aún inmaculado. Salimos. Seguimos andando hacia el acueducto. Paramos en una mezquita. Hacemos nuevas fotos. Continuamos. Por fin desembocamos en el Bulevar Atatürk, y allí, a pocos metros, el acueducto se alza poderoso y paciente, en resistencia pasiva frente el tráfico que lo cruza bajo sus arcos.
            Nuevamente nieva. Lo hará durante todo el día y toda la noche. Comenzamos a dudar de si nuestro vuelo saldrá conforme a lo previsto. 

2 comentarios:

  1. El cuaderno de viaje también trajo la nieve que en un país medridional es siempre un viajero inadvertido y extraño. Días de pasos perdidos por el pasado y días de pasos peridios por el ahora para recuperar la senda del regreso. Feliz tarde de sábado, poeta, con las huellas intactas de la buena escritura entre los dedos.

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    1. Así es, inadvertido y extraño, también imprevisto, ese viajero (o viajera) blanco vino a visitarnos. Eso sí, con tanta insistencia que...

      Gracias, como siempre, por tu complicidad y cercanía. Feliz domingo.

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