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lunes, 23 de marzo de 2015

Crónica Bizantina (25)

[© C. E. L.] 

            Todo hace pensar que ésta será nuestra última tarde en Estambul. La nieve dejó, definitivamente, de caer, y cada vez con más asiduidad vemos aviones en el cielo, señal de que el aeropuerto ya está abierto y el tráfico aéreo comienza a normalizarse.
            Caminar, sin embargo, se hace más dificultoso. A pesar de que desde cada tienda, de las muchas que hay a lo largo y ancho de la ciudad, despejan de nieve lo que afecta a sus fachadas, al deshacerse, ésta produce enormes ríos de agua, y en algunas zonas el  hielo supone un serio peligro para los paseantes. Así, aunque no llegamos a sufrir ninguna caída, sí hay algún que otro resbalón que nos hace temer por un inoportuno accidente. Por eso, y porque el hotel en el que nos hemos situado se encuentra muy próximo al Gran Bazar, nos dedicamos a pasear por su dédalo de intrincadas calles y exuberante colorido; sobre todo, mirando. Aun a riesgo de ser asaltados por los tenderos que acechan a la puerta de sus establecimientos, siempre dispuestos al cierre de una venta tras el obligado regateo. Y así pasa la tarde. 

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