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lunes, 2 de marzo de 2015

Crónica Bizantina (7)



            En la Mezquita Azul, dada la hora, ya se congregan propios y turistas. Visitantes de nacionalidades variopintas que llegamos en fila hasta la misma puerta, donde es obligado descalzarse. Las mujeres, conforme a la inflexible normativa islámica, han de pasar, además, con velo. Por eso, si no lo llevan, pueden tomarlo de una caseta donde los empleados de turno los reponen sin reposo, debidamente doblados, a disposición de las interesadas. Luego, a la salida, deberán entregarlos para que ese fluir de telas continúe hasta que, llegada la hora de los rezos, se suspenda temporalmente la visita.

            Descalzos, a pesar de todo el alfombrado, los pies se quedan fríos. Quizá por eso, frente a tanta maravilla como se guarda en el interior del monumento, nuestra visita no se demora en exceso. Podemos observar por dentro la grandiosidad del edificio, la riqueza de la azulejería, su enorme y bien decorada cúpula, las firmes columnas, lámparas y vidrieras. Y una vez más, como antes en otros lugares, este asombro nos mueve a la misma reflexión: ¡Tanto lujo mientras el pueblo, aquí y allá y en el otro lado, se moría (y aún muere) de hambre! Así es el hombre: pura paradoja, concluimos.

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