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jueves, 26 de marzo de 2015

Crónica Bizantina (y 27)


            De nuevo en el aeropuerto, comenzamos con los trámites obligados: check in, facturación, control de pasaporte, paso por la aduana...; todo a la primera, sin dificultad ninguna, sin retrasos, retenciones ni contratiempos. Tras controlar la puerta por la que embarcaremos, tomamos acomodo en la sala más próxima, donde el español es el idioma que más se oye, no sólo porque el vuelo tenga destino Madrid, sino, también, porque acaso seamos —los españoles— los que más bulla metamos y más alto hablemos.
            Próxima la hora de embarque, las pantallas de información modifican la puerta de acceso para nuestro vuelo. De la 213, en que estamos, debemos ir a la 201: deshacer el camino de llegada y aguardar a que se organice el acceso al avión. En consecuencia, a la hora establecida para el despegue aún están entrando y acomodándose pasajeros, lo que hace que salgamos con media hora de retraso. Por fin, encima de las nubes, comenzamos a creer que ahora sí va en serio y que esta noche podremos dormir en nuestra cama.      
      Nos dan de cenar. Y, sorprendentemente, la cena está caliente y bien guisada: ensalada con salmón ahumado y salsa de yogur, y brocheta de pollo adobada, o berenjena rellena de carne. De postre, crema de vainilla y café.
      Retirado el servicio, las luces de cabina se apagan, lo que invita a dormir; algo que hace la mayoría de los pasajeros. Quien esto escribe, incapaz de coger el sueño si no es debidamente estirado, toma los últimos apuntes en la libreta de viaje, y piensa en estos días en Estambul: en la ciudad, en sus mezquitas, en la opulencia del Topkapi, en la nieve..., y se siente feliz por tanto descubrimiento y, sobre todo, por la armonía y complicidad desarrollada en el grupo.
     Y así, entre notas y soliloquios, cuando queremos darnos cuenta, estamos aterrizando en Madrid. Algo más de una hora de viaje y de nuevo en casa. Mañana, habrá que comenzar a redactar lo que han sido estos días. A dejar constancia por escrito de nuestra particular crónica bizantina. 


2 comentarios:

  1. «Está bien lo que bien acaba», Antonio, suele decirse. Y más cuando han andado de por medio inconvenientes engorrosos. La peripecia meteorológica y su carácter excepcional en la ciudad de las mil cúpulas formarán ya parte de tu recuerdo del itinerario constantinopolitano (se me seca la boca al decirlo)) y también por eso el viaje será algo especial. Ahora, a tomar fuerzas para emprender el siguiente. Que sea pronto.

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    1. Así es, Alfredo, bien está lo que bien acaba, y esos inconvenientes que surgieron le pusieron su puntito de sal al viaje y nos permitieron disfrutar de un día más de Estambul, lo que no es desdeñable. ¿El siguiente? Qué sabe nadie, que decía la canción.

      Un abrazo.

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