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viernes, 11 de septiembre de 2015

Los que vienen de fuera (*)





Desde el país de la desolación y la desesperanza sueñan con una tierra de provisión. Una tierra en la que desertar de la pobreza y en donde el sol de cada día suponga nuevos signos. Por eso se disponen al viaje, aun a sabiendas del riesgo que supone una partida clandestina contra lo ya dispuesto y legislado. Y por eso se arriesgan y se embarcan en cáscaras de nuez, en condiciones límite que no siempre —por lógica y desgracia— consiguen superar.
Dejan atrás esposas, padres, hijos… amigos que también aguardan su momento. Y entregan sus ahorros —sus únicos ahorros— a los que, sin escrúpulos, les vienen a mentir una vida más clara. Después, abandonados a su suerte, en las manos del mar, a la deriva, acaban arribando en una playa oscura, desnutridos o enfermos… clandestinos. Otras, el propio océano se ocupa de cerrar su camino y, al cabo de los días, los devuelve sin rostro y sin mañana.
Los que alcanzan la orilla prometida tampoco serán libres. Habrán de ver el rostro de otros hombres que mirarán sus rostros con recelo y serán siempre —o casi siempre— los que vienen de fuera, los desterrados de sí mismos, que acaso en los rincones del invierno recuerden con nostalgia desolada la tierra de sus padres. 


(*) La presente entrada fue también la tercera entrada que subí al blog, el 14 de enero de 2009. Duele pensar que desde entonces las cosas, lejos de mejorar, han empeorado hasta insospechadas cotas. Y es que, me temo, los grandes intereses, fanatismos, intolerancias y afán de poder a costa de los débiles no tienen límite en el corazón de quienes no tienen corazón.

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