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jueves, 24 de marzo de 2016

Recuerdos de otras Semanas Santas

[Imagen tomada de aquí]

            Llegaba Jueves Santo y, año tras año, se repetía la gozosa rutina en nuestra casa. Muy de mañana, mi madre tomaba posesión de la cocina y se dedicaba a preparar una deliciosas torrijas, que eran postre obligado hasta el Domingo de Resurrección (cuando no acabábamos con ellas mucho antes; algo que, a menudo, solía ocurrir). Comenzaba el particular ritual llevando a ebullición, en el fuego, aún de picón, leche aromatizada con cáscaras de naranja y limón, azúcar y palos de canela. Un hervor de unos diez minutos y retiraba el recipiente del fuego para que templase. Entonces preparaba un plato con huevo batido, y con un buen pan de miga hecho rebanadas, comprado el día anterior para que estuviese debidamente asentado, empezaba el proceso. En una sartén, con abundante aceite, a temperatura adecuada, freía las torrijas, que, previamente, mojaba en leche y pasaba por huevo, y que, una vez doradas, colocaba en una gran bandeja de porcelana blanca, tras espolvorearlas con azúcar y canela.
            Mi padre, mientras tanto, también se ocupaba del otro ingrediente imprescindible en tales fechas: la limonada (que en otras zonas, quizá con más exactitud, debido a su color, llaman sangría). Para ello, la noche anterior, había rallado la piel de dos limones y exprimido su zumo en una cacerola, a la que añadía una pequeña cantidad de vino tinto, ligeramente embocado, junto a dos o tres cucharadas de azúcar. A la mañana siguiente, decantaba aquel jarabe, y le añadía más vino y agua (una parte de agua por dos de vino) y, si era necesario, cosa que no solía suceder, algo más de azúcar; varios limones troceados completaban la receta. Todo ello, tras jarrearlo con profusión, quedaba en reposo y lugar fresco hasta la hora de los postres, momento en que los comensales degustábamos el tradicional dulce y la deliciosa bebida.
            Seguramente, en estos tiempos, los educadores no hubieran aprobado el que unos niños, como éramos mi hermana y yo, probásemos siquiera aquella limonada, con su correspondiente graduación alcohólica, algo que hacíamos en muy pequeña dosis y que era, en esencia, parte de un ritual familiar y festivo.
            Hoy, que mi padre no está, soy yo quien prepara cada Semana Santa esa limonada. Su sabor, junto a las torrijas de Carmen, me devuelve a aquella infancia y acerca a mi padre hasta la mesa.

            

8 comentarios:

  1. Benditas tradiciones y rituales los que nos acercan de nuevo a la niñez.
    Me ha gustado mucho Antonio.
    Saludos,
    Sandra.

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    1. Como bien dices, hay tradiciones y rituales que nos devuelven al pasado; momentos que irán con nosotros para siempre. Celebro que te haya gustado, Sandra.

      Un saludo.

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  2. Estamos tan cerca y compartimos tantas palabras y tradiciones que seguramente a ese tipo de fuente de porcelana blanca, le llamaríais "barco" así al menos los conocíamos nosotros... y a mí me lleva su recuerdo invariablemente a las natillas con sus galletas redonditas por arriba, al arroz con leche y a los "sapillos" que es otro postre típico de Semana Santa en mi tierra, del que por cierto me toca preparar una buena fuente para mi familia porque no paran de preguntarme ¿y los "sapillos" para cuándo?. :)
    Gracias por traernos todas estas cosas ricas y recuerdos maravillosos.

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    1. Así es, Luisa, las costumbres y tradiciones entre tu pueblo y el mío son muy similares, aunque, dicho sea de paso, yo no tenga ni idea de qué es eso de los "sapillos". Anímate y explícanoslo en un cocineto (guiño cómplice).

      Un abrazo.

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    2. ¡Anda qué no me pides nada con lo oxidada que estoy! Como no tengo ninguna confianza en mis dotes para llevar a cabo ahora el "cocineto sapilleril" Resumo que es un postre hecho con la mezcla de miga de pan y huevo batido que se fríe en porciones del tamaño de una cucharilla de postre y que después se les dará un hervor en leche previamente aromatizada con canela, vainilla, naranja o limón (al gusto) y endulzada, claro. Es típico de Semana Santa, pero se comen perfectamente en invierno, a temperatura ambiente y en verano fresquitos de la nevera ... Están ricos de verdad. :)

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    3. Pues este dulce no lo tengo controlado por esta zona. Nunca lo había oído nombrar como "sapillos" ni visto en ninguna casa de familiares y amigos. Debe ser exquisitez de esa tierra. Habrá que probarlo.

      Un abrazo.

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  3. ¡Cuánto disfruté en su momento esos "Fragmentos de inventario", Antonio!
    Hoy, con este recuerdo, lo (las, por las torrijas) saboreo de nuevo.
    ¡Venga esa limonada!
    Gran abrazo.

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    1. Lo bueno de esos "Fragmentos de inventario", querido Elías, es que es un libro abierto y se le pueden seguir sumando retazos de memoria, que llegan cuando menos se lo espera uno y por los motivos más insospechados. Celebro ese degustar tuyo, y alzo un vaso de limonada a tu salud. En vivo y en directo, te debo una. Ocasión habrá.

      Otro fuerte abrazo.

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