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miércoles, 23 de marzo de 2016

Un río que agoniza

[© A. C. G.] 

Asomado a la orilla del río de mi infancia,
imagino la mar, adonde llega.
Aunque no la imagino: la recuerdo,
pues visité Lisboa algunas veces
y puedo revivir ese paisaje
donde O Tejo —mi Tajo—
se funde con la mar.
                                            Hoy la rescato
de algún rincón de mi memoria; viene
empapada de luz aguamarina,
luz atlántica, mezcla
de anaranjados, grises y celestes:
sustancia cardinal de los colores
mientras el sol se oculta.
Y detrás de esta luz —de aquella luz—
recuerdo —o he de decir, mejor, ahora imagino
a mujeres y hombres que transitan
sin prisa por los muelles, que contemplan
esa puesta de sol que desvanece
con sigilo y aprisa los contornos.
Y, mientras tanto, aquí, las aguas bajan
sin apenas rumor: calladas, muertas;
amordazadas aguas de otro río
que supo de mi piel tantos veranos.
Aquí todo está quieto. El aire huele
a podredumbre y cieno. 

4 comentarios:

  1. Magnica y triste elegía a lo que fue con Garcilaso una de las más bellas eglogas

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    Respuestas
    1. No me atrevería a llamarla elegía, Pedro, y sí un apunte triste surgido desde mis recuerdos de un río vivo, que disfruté, y que, como tantas otras cosas en este mundo nuestro, vamos perdiendo por el desquiciado discurrir de los tiempos y los espurios intereses de algunos.

      Un abrazo.

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  2. Pues me gusta mucho ese apunte triste. Un abrazo

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