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viernes, 29 de abril de 2016

Alfredo J. Ramos en Galería Cerdán

[© C. E. L.] 

            Tal y como estaba anunciado, ayer, en el Ciclo de Poesía de Galería Cerdán, le tocó el turno a Alfredo J. Ramos, poeta talaverano que hacía muchos años que no hacía una lectura en su ciudad natal. Cuantos acudieron a la cita —la sala estaba prácticamente al completo— seguro que no salieron decepcionados. Alfredo estuvo seguro e ingenioso, y dio un repaso por su obra, tanto publicada como inédita (mucha de ésta, publicada en su blog La posada del sol de medianoche). Me tocó presentarlo, y estas fueron mis palabras de introducción:

Señoras y señores, amigos todos:

            Esta noche, en el programa de lecturas en la Galería, tenemos una verdadera primicia, un auténtico descubrimiento, aunque el autor que nos va a deleitar con su intervención, Alfredo J. Ramos, sea sobradamente conocido por todos ustedes y cuente con un amplio y variado bagaje literario. Lo que ocurre es que buena parte de éste permanece inédito, y el autor alejado de cualquier actividad pública, en cuanto a su obra se refiere.

            Con Alfredo ocurre lo contrario de lo que suele suceder con autores que se dedican a escribir durante buena parte de su vida, o toda ella. Lo normal es que sea difícil publicar al principio y que, más adelante, las salidas al público sean relativamente fáciles y habituales. En el caso de nuestro autor, ha sido justo al contrario: publicó su primer libro con veintiún años y el último, hasta ahora, con treinta y tres; después... el silencio, si bien desde 2007 viene mostrando buena parte de su obra en La posada del sol de medianoche, blog que lo mantiene en contacto con el lector, y al que me referiré más adelante.

            Decía que Alfredo es un autor que publica a temprana edad. Lo hizo en la prestigiosa colección Adonais. Esquinas del destierro, fue el libro con el que obtuvo un accésit de tal galardón en 1975, cuando, como he dicho, contaba con sólo 21 años. En él puede ya advertirse la esencia de un escritor que conoce el oficio, tiene un importante bagaje cultural tras de sí y sabe adentrarse en los misterios del poema con seguridad y valentía. Así, el libro se abre con un soneto en alejandrinos de impecable factura, y continúa en un tono meditativo, de marcado carácter humanista y existencial, salvando diversas y variadas esquinas con versos tan bellos y rotundos como este comienzo de Variaciones sobre el agua:

Irremediablemente, se muere en un espejo
a diario y en sombras de pámpanos jugosos
nuestra cascada voz. Somos las firmas
de pájaros nocturnos en los árboles,
en todos los sicómoros propicios de la tierra.

            O estos otros, del poema Donde acampa la muerte:

Y ocurre que la muerte es como un pájaro
fieramente neutral
que va trazando signos parecidos
a los cromos de antaño, tan procaces.

            O más adelante, en Esquina con espejo:

Y bien, ya estamos solos de nuevo frente a frente,
tu frente en el espejo,
mis ojos en tu cara,
la boca en el cristal y confundidos.

            En las solapas del libro—permítanme que les lea—, se dice: El mundo y el hombre tienen aquí un ámbito de destierro, cuyo origen se remonta a la más primitiva raíz del ser vivo. El poeta pluraliza su voz para impregnarse de la muerte y de lo que, por supuesto, todos participamos.

            Y continúa:

            Esa anchurosa conciencia de la aventura humana da al presente libro un acento que podríamos llamar neorromántico, a veces de una forma muy específica (soledad, desesperanza, amor fugaz). Siento que mi destino es arrastrar palabras / hasta alguna orilla oscura, dice. Pero también hay una visión confortadora: Os digo que los hombres son regreso / a unos niños futuros. Versos con los que no sé si, al cabo de los años, sigue el autor estando de acuerdo.
           
            En diciembre de 1980, en un número doble de la colección La Troje, aventura editorial que llevamos a cabo aquel grupo de jóvenes entusiastas que éramos entonces Sagrario Pinto, Antonio Rubio, Agustín Yanel, Alfredo y un servidor; bien es verdad que seguimos siéndolo: jóvenes y entusiastas. En aquella colección, digo, publica Territorio de gestos fugitivos, libro compuesto por 11 poemas —4 de ellos en prosa—, nada fáciles, en los que explora los caminos del yo y sus múltiples rostros. Libro cargado de imágenes y metáforas, donde pueden apreciarse ecos de poetas malditos y el peso de un tiempo donde el humo era materia inseparable de los sueños.

            El 29 de mayo de 1987, Alfredo obtiene el Premio Castilla-La Mancha de poesía por El sol de medianoche, del que, previamente, en 1985, había publicado una plaquette con el título de Fragmentos de la noche, en la colección Carpetas de Poesía Tesela, dirigida por nuestro malogrado amigo, José Luis Reneo.

            En este libro se condensa buena parte de lo que es su obra hasta ese momento: incluye poemas que con anterioridad habían formado parte de otros libros inéditos junto a textos de reciente producción, y otros mucho más lejanos en el tiempo. En El sol de medianoche, el poeta realiza un viaje por la Historia, un viaje abierto al conocimiento, donde su voz, ora individual, ora colectiva, se mezcla y acompasa a la voz del mundo, para hacernos partícipes de la inquietud, extrañeza, esperanza y dudas del poeta, ante esa rueda continua que mueve la vida.

            En 1987, Alfredo tiene 33 años y se muestra como un autor de contrastada madurez. Sus lectores estamos a la espera de próximas entregas, pero, desde entonces, él anda más dedicado a su labor profesional como editor, primero en Salvat y más tarde como agente libre; resultado de ésta, destacan sus interesantes trabajos en diversas guías de viaje por España o la revisión de los diccionarios Espasa o Larousse.

            Mientras tanto, sigue acumulando textos que no tiene ninguna prisa por publicar, privándonos del placer de acercarnos a su quehacer como poeta. Entre su mucha producción inédita, me gustaría hacer referencia a Pulsos de luz, libro de sonetos del que ofrece algunas muestras a finales del pasado siglo a través de internet, en el foro de sonetos de la página Poesía.com, punto de encuentro que ambos visitábamos, hasta que se cerró, debido a los graves problemas económicos que por aquel tiempo atravesó Argentina, desde donde se administraba.

            A partir de 2007, como apuntara antes, cualquier interesado en la obra literaria de Alfredo J. Ramos tiene que acudir, inexcusablemente, a su posada, La posada del sol de medianoche, blog que mantiene desde entonces. Interesado de manera muy particular por ese mundo nuevo que encuentra cabida en internet, y convencido de las grandes posibilidades creativas de la Red —no olvida, por supuesto, también sus peligros y contradicciones—, Alfredo nos deja en los salones de la posada continuas huellas de su tarea poética, crítica y, en general, observadora de cuanto ocurre a su alrededor, ya sea relacionado con el arte, la política, la actualidad, la ciencia...

            No quisiera alargarme demasiado en esta presentación, pero me van a permitir que haga aquí referencia a una pasión de nuestro autor, directamente relacionada con la magia que encierran las palabras y el sentido del juego, y que no es ajena, en absoluto, a la propia poesía: la búsqueda de palíndromos —esa forma capicúa que conforman las letras debidamente dispuestas— de los que, a día de hoy, ha publicado en el blog en torno al medio centenar, y que, habitualmente, acompaña con comentarios, reflexiones, imágenes o, incluso, algún vídeo. Me permito destacar, por lo que tienen tanto de ingeniosos como de certeros y actuales, sólo 4 de ellos: Robaban a babor, Soborne en robos, ¿Irá Rato...? ¡Tararí! O, para mí, el agudo Yerno con Rey, cuya entrada en el blog acompañó con una viñeta de El Roto, publicada en El País el día 7 de marzo de 2012. Se da la circunstancia de que, al ir a registrarlo, supo que Juan Filloy, un maestro en la materia, había llegado a él con anterioridad, algo que en este juego ocurre con cierta frecuencia.

            Cuenta con palíndromos de más extensión, como, por ejemplo: Balas al alba (Habla la sala B), que le sirve de excusa para hacernos partícipes de una sesión nocturna de cine, y muchos otros que adquieren mayor significado a la vista del comentario que los acompaña o, como decía, de las imágenes o vídeos con los que Alfredo los interrelaciona. Si tienen curiosidad, y les gusta tal juego —aquí va la cuña publicitaria—: pasen sin llamar a La posada del sol de medianoche, cotilleen por sus piezas y salones. Estoy seguro de que, en su deambular, tropezarán con más de un hallazgo de su agrado.

            Por último, cabe resaltar, entre lo mucho que pueden encontrarse en este peculiar albergue, dos cosas más: los textos, a modo de apuntes de un diario personal, que el autor agrupa bajo el título de Tiempo contado, en los que comenta asuntos misceláneos, compaginando el verso y la prosa; y sus personalísimas Tiradas de dados, otro ejercicio que, como los palíndromos, tiene mucho que ver con la propia naturaleza de las palabras. Les cuento en qué consisten. Cada tirada se construye a partir de una frase —verso, aforismo, sentencia— de seis palabras que se combinan entre sí hasta en seis ocasiones, de modo que, al hacerlo, se forma, gráficamente, un cubo que encierra creativas y curiosas significaciones e invita al lector a poner en marcha su imaginación.

            Es cierto que, en cuanto a obra impresa, Alfredo nos debe unos cuantos libros —poder acariciarlos, olerlos, llegado el caso, anotar en sus márgenes, dialogar con él a través de ellos...—, algo que, me da la sensación, hoy por hoy no está entre sus prioridades. Sin embargo, creo que esa carencia queda suficientemente compensada con su trabajo como regente de esa Posada a la que no me canso de invitarles, seguro que de ella, como del establecimiento en que hoy nos encontramos, jamás saldrán insatisfechos.

            Y ahora, sin más, les dejo con la palabra de Alfredo. Dispongámonos a disfrutar de ella. Muchas gracias.

6 comentarios:

  1. Estupenda presentación y no tengo duda de que también estupenda lectura.
    Mi enhorabuena y abrazo para ambos.

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    1. Así fue, Elías, una lectura estupenda. Vaya otro abrazo también para ti.

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  2. Muchas gracias, Antonio. Una tarde-noche para mantenerla en la memoria, abrumado por tanta generosidad y un poco más convencido de que esta extraña aventura de escribir, tan llena de claroscuros, merece la pena si tiene como una de sus mayores recompensas la posibilidad de sentir el afecto de los otros, el que sea una aventura compartida. Y gracias Elías; confío en que no tardemos en poder disfrutar de un encuentro en vivo. Abrazos a ambos.

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    1. Totalmente de acuerdo, Alfredo: la cercanía, el calor y el afecto de los otros ante lo que en soledad amasamos es de las mayores recompensas a esta tarea. Por eso igual no es mala idea, aunque sea de tarde en tarde, dar un pasito adelante y compartir un rato de lectura y camaradería. Quién sabe, igual en la próxima, hacemos un triunvirato a mayor gloria de la poesía. ¿No os parece, Elías, Alfredo?

      Abrazo a ambos dos (con guiño cómplice).

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  3. Y ya de regreso a la península me encuentro con el placer de leer la presentación de Antonio del camino y con la rabia de no haber podido estar escuchando a Alfredo Ramos

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    1. Habrá que preparar otra no tardando mucho, Pedro. Lo cierto es que el acto estuvo genial.

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