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domingo, 16 de octubre de 2016

Regreso a Gálvez

[© C. E. L.] 


Corría mayo del año 78 cuando el joven que yo era por entonces comenzaba a trabajar en el Banco Central, destinado en la sucursal de Gálvez (Toledo), a 80 kms. de Talavera. Aún carecía de carnet de conducir y, por supuesto, de auto propio, por lo que tuve que hospedarme en uno de los dos establecimientos hoteleros que había en el pueblo, "Pensión Angelillo", donde, desde el primer momento, me sentí como en mi propia casa. Ángel y su esposa Carmen me acogieron con una familiaridad que iba más allá de la relación natural entre patrones y huésped, de modo que la distancia con los míos siempre se vio compensada por sus muchas atenciones. Un par de meses más tarde, coincidiendo con las vacaciones de verano, regresaron desde Madrid Ángel y Miguel, hijos de mis patrones, con quienes establecí un lazo de amistad que no ha ido sino creciendo con el tiempo y que, a su vez, me permitió integrarme en su amplia y "sanota" pandilla. Con ellos los meses de verano fueron una auténtica fiesta, y las fiestas del pueblo, a finales de agosto, un torrente de diversión en el que me dejé arrastrar gozosamente. En enero de 1982 abandoné Gálvez para integrarme en el Departamento de Organización del Banco, pero no por ello perdí el contacto con aquellos a los que siempre consideré como mi segunda familia. Desde entonces nos hemos visto en contadas ocasiones, algunas dolorosas, y aunque también ha habido largas temporadas de silencio entre nosotros, el afecto y proximidad establecidos no se han visto afectados. Gracias a Facebook, en los últimos tiempos retomé el contacto con Juanma, uno de los amigos integrantes de la larga pandilla, quien, recientemente, me propuso hacer una lectura de poemas en Gálvez, con la promesa de intentar reunir a todo el grupo, diseminado aquí y allá por los avatares lógicos de la vida. Establecimos la fecha, 15 de octubre, y ayer volví a recorrer la distancia que separa Talavera de Gálvez, por una carretera impecable, en nada parecida a la de aquellos años. Juanma había contratado un salón en el Acuario, hostal y restaurante que no existía en mi tiempo de estancia en el pueblo, mientras establecía contactos con unos y con otros para reunir a todo el grupo, y a algunos más, incorporados tras mi marcha, a quienes no conocía. En total, unas treinta y cinco personas que anoche aguardaban mi lectura. Al contrario que en otras ocasiones, no preparé ésta especialmente. Llevaba un planteamiento general, mucho material a mano y la tranquilidad que da el saberse entre amigos. Así, tras la presentación que de mí hizo Azucena, amiga del grupo y profesora de Literatura y Lengua Española en un instituto de Madrid, di paso a cuarenta y cinco minutos de lectura en donde hubo "chisnetos", "cocinetos", "historias de Gila", poemas de "Del verbo y la penumbra", "Para saber de mí", inéditos...; todo con la atención respetuosa de los presentes y esa complicidad que se respira en contadas ocasiones entre lector y escuchantes. Al final, tras los versos, la cena, la charla, la fiesta, el baile..., que de todo hubo, hasta que Carmen y este autor, a eso de las dos de la madrugada, nos retiramos a descansar. 

Esta mañana, a primera hora, de vuelta a Talavera. Feliz, satisfecho y agradecido al tiempo aquel que me dio oportunidad de poder conocer y llamar amigos a tan buenas gentes. A todos ellos, vaya desde aquí mi gratitud.    

2 comentarios:

  1. Una de las mejores medicinas contra el paso del tiempo, querido Antonio, es la evocación, esa capacidad para desandar los años y hacer de ese viaje interior un espacio habitado por presencias cercanas y por sentimientos vivos. Un placer volver a tu escritura; os recuerdos nos cobijan, ponen la existencia bajo techado. Abrazos.

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    1. Así es, José Luis. Fijar el tiempo a través de la palabra. Imposible intento al que regresamos siempre y ayuda a vivir.

      Un fuerte abrazo.

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