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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Romancero



Entro y salgo. La luna está crecida.
Y todo el Romancero se me viene hacia mí,
inabarcable.

Cuando yo era más joven,
Jimena me contaba de sus cuitas:
de lo sola que estaba en el castillo
mientras Rodrigo andaba guerreando,
y sus hijas, aún niñas,
preguntaban de noche por el padre.
Yo la escuchaba atento, aunque, como ya digo,
joven, sin experiencia,
después nunca sabía qué decir, 
y así me limitaba a saber sus tristezas
y aguardaba con ella a que El Cid regresase.

También, en ocasiones, Jimena se ausentaba,
y el castillo se hacía menos hospitalario.
Entonces, Gerineldo —ya un fantasma fornido—,
deambulaba sin rostro los altos corredores,
y Delgadina —aquella
hija de un rey malvado—,
marchitaba las rosas más rojas de su sangre.

Ya no soy joven, pero
a veces entro y salgo, mientras la luna sigue
su curso y los romances
aguardan impacientes mi llegada:

Habita su prisión el prisionero,
a orillas de la mar va el Conde Olinos,  
Fernán González lucha por Castilla
y una casada infiel —la Catalina
coquetea otra vez con un soldado,
mientras que monte arriba, perseguida
por la fiereza fiel de siete perros,
huye una loba parda, ya cansada…

Todo sucede en mí por la extensión
sugerente y feraz del Romancero.

(¡Ay de mi Alhama!)


2 comentarios:

  1. Siempre es buena la ocasión para volver al Romancero: sus palabras no envejecen, sólo señalan, en cada nueva lectura, diferentes estadios del discurrir de nuestras vidas y, si acaso, los cambios en nuestra sensibilidad. Tal vez lo que antes nos parecía cómico se ha vuelto grave, claro lo que estaba oscuro, y puede que nos resulte más desasosegante y cercano lo que creíamos meramente legendario o remoto. Y sí, al final sobrevuela esa mezcla de queja y exaltación con que cierras el desfile de nombres y peripecias, emociones y descubrimientos: ¡ay de nuestra al(ha)ma! Un abrazo en octosílabos.

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    1. Poema con unos años que escribí con motivo de una de mis lecturas ante alumnos de un instituto de Talavera. Tienes razón en que volver al Romancero siempre es buena ocasión, y, además, gozosa.

      Abrazos sin cesuras.

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