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viernes, 18 de noviembre de 2016

Autorretrato cubista

No sé si será cosa de la edad, pero el domingo descubrí en mi rostro ciertas señales asimétricas, consecuencia de una, afortunadamente, ligerísima parálisis facial. Ello dio origen al poema que ahora comparto con vosotros: 

[Detalle de Las Señoritas de Avignon, de Picasso]

Mi rostro, sin por qué, se ha vuelto picassiano:
una ceja más alta, un ojo más caído,
la boca del revés, y el centro del oído
afilado lo mismo que puñal toledano.

Las palabras dan saltos mortales en mi boca.
Y el aire, por mis labios, entra y sale a su antojo.
Ante el espejo ignoro quién es el trampantojo
que se burla, me engaña y, frente a mí, se enroca.

El médico me ha dicho que, como una pintura
a medio hacer, un día coincidirá el reflejo
de quien soy con la vieja y exacta arquitectura
del hombre a que respondo y me niega el espejo.

Sólo queda esperar. Y mientras lo hago, escribo,
por ver si así recobro mi rostro privativo. 


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Mensaje a vuela pluma





Las cosas pintan mal, querido amigo.
El mundo se nos vuelve reaccionario
 —nunca fuera un dechado de virtudes—
y el machismo, la insolidaridad,
la xenofobia y otras mil lindeces,
como jinetes del Apocalipsis,
campean a su antojo. Hasta las Bolsas,
siempre tan cuidadosas con lo suyo,
se echaron a temblar esta mañana.
Parece ser que Trump, ese misógino
que presume de serlo, ha conseguido
llegar a Presidente. Ya lo ves,
todo buenas noticias. Y no hay forma
de que el mundo se pare y nos bajemos.


Romancero



Entro y salgo. La luna está crecida.
Y todo el Romancero se me viene hacia mí,
inabarcable.

Cuando yo era más joven,
Jimena me contaba de sus cuitas:
de lo sola que estaba en el castillo
mientras Rodrigo andaba guerreando,
y sus hijas, aún niñas,
preguntaban de noche por el padre.
Yo la escuchaba atento, aunque, como ya digo,
joven, sin experiencia,
después nunca sabía qué decir, 
y así me limitaba a saber sus tristezas
y aguardaba con ella a que El Cid regresase.

También, en ocasiones, Jimena se ausentaba,
y el castillo se hacía menos hospitalario.
Entonces, Gerineldo —ya un fantasma fornido—,
deambulaba sin rostro los altos corredores,
y Delgadina —aquella
hija de un rey malvado—,
marchitaba las rosas más rojas de su sangre.

Ya no soy joven, pero
a veces entro y salgo, mientras la luna sigue
su curso y los romances
aguardan impacientes mi llegada:

Habita su prisión el prisionero,
a orillas de la mar va el Conde Olinos,  
Fernán González lucha por Castilla
y una casada infiel —la Catalina
coquetea otra vez con un soldado,
mientras que monte arriba, perseguida
por la fiereza fiel de siete perros,
huye una loba parda, ya cansada…

Todo sucede en mí por la extensión
sugerente y feraz del Romancero.

(¡Ay de mi Alhama!)


jueves, 3 de noviembre de 2016

Tempus fugit

[Reloj en la fachada del Ayuntamiento de Oslo © A. C. G.]


Cuanto escribo me salva ante mí mismo.
Me salva de momento
y da fe de quien soy, sin que pretenda
ser, más allá de mí, eternidad ni sueño.

Pues sé que viviré mientras aún vivan
las personas que me aman y que quiero,
mientras respire aún algún amigo
y comparta su voz con mi silencio.

Después, cuando ellos ya no estén,
el olvido vendrá lento y ajeno
a dejar una pátina invisible
de tiempo sobre el tiempo.

Entonces seré polvo y seré nada,
lo mismo que mis versos.