Rastros (Busca por aquí cualquier entrada con palabras-clave):

martes, 31 de enero de 2017

El cocineto vuelve



            En la, tan reiterada aquí, página de Poesía punto com, donde a finales del pasado siglo coincidimos escribiendo sonetos un grupo de personas que, en algunos casos, llegamos a establecer un contacto personal e, incluso, una relación de amistad, conocí a José Fernández Erro, Angastaco. Él fue quien propuso la escritura de los cocinetos, recetas de cocina escritas en soneto siguiendo la estela de los chisnetos, chistes populares contados bajo la coerción de la forma clásica. De éstos, continuando una tradición en la que, entre otros, Quevedo fue un abanderado, el Profesor Ricardo Redoli Morales, de la Universidad de Málaga, había abierto camino por aquella época, con varios libros publicados.
            Angastaco nos sorprendió un día en las páginas del foro con el poema Pollo al ajillo, que, dedicado a su esposa, Marta, y en recuerdo del padre de ésta, dice así:

Don Gonzalo nació en Extremadura
y en Madrid cocinó pollo al ajillo.
Igual que él era el plato: muy sencillo,
agradable y de fuerte contextura.

Ahora lo hago yo: Con la fritura
el pollo se acoraza y toma brillo.
Entra el ajo, picado con cuchillo,
y más que un diente va la dentadura.

Llueve el vino y a llama no muy alta
prosigue la cochura hasta su punto.
Si está corto de sal, de nuevo salo.

Espeso con harina si hace falta.
Y entonces, redivivo aunque difunto,
regresa por su plato Don Gonzalo.

            Este primer cocineto dio pie a que gran número de foristas, el que suscribe entre ellos, propusiéramos diferentes recetas de uno y otro lado del océano; la mayoría, platos sencillos que ajustados a los catorce versos cobraban nueva vida y aromas. Y uno, que es cocinilla y le divierte el juego se dio a acumular cocinetos que, posteriormente, dieron lugar a dos libritos con los que felicité las Navidades de 2002 y 2013 a familiares y amigos.
            En 2003, Fernández Erro, visita España, lo que sirve para que nos conozcamos personalmente; encuentro que reforzará nuestra amistad desde entonces.
            En 2004 me remite, vía email, un libro jugoso y juguetón —no exento de profundidad—, Una mesa es un camino, y a mí se me ocurre hacer una edición de amigo (maquetada, impresa y cosida por mí) de quince ejemplares, de los cuales le remito una docena, convirtiéndome así en su primer editor.
            Desde entonces el poeta ha publicado en Buenos Aires: Lluvia del desolvido y Tangoneones (2005), Los caminos del día y de la noche (2007), Odisea XXI (2009) , El año del desvivimiento (2012), Tributo cancionero al Doctor Esteban Laureano Maradona (2014, en coautoría con Miguel Albrecht), Bidean (2015, del que dejé referencia aquí), y El cocineto vuelve, en el que retoma la senda abierta con Una mesa es un camino y nuevamente nos deleita con el sabor de recetas de uno y otro lado del océano. Así, centrado en la gastronomía de aquí: El ají de España, Salmorejo, Fabada asturiana, Paella valenciana, Sopa de piedras abulenses y Lechazo. Y como muestra de la cocina argentina: Pan de piñones, Pejerrey frito, Tortilla de habas, Cazuela de humita, Guiso carrero y Asado de tira. Entre una y otra parte, dos referencias a Irlanda: Entremeses irlandeses (con Joyce a la mesa): el poco apetecible (para quien ahora escribe) Visceras y Defensa del Irish stew. Cierra el libro una última parte, Postre con cocineros, en donde se recogen poemas dedicados a Nilda Erro (madre del poeta), Karlos Arguiñano (archiconocido y televisivo cocinero), Francis Mallmann (cheff argentino), Pablo Payo Pérez (fallecido en 2003, Mesonero Mayor de El Camino de Santiago) y Paco Fernández Gallego (cocinero argentino, hijo del poeta). Por último, como cierre de este peculiar poemario, La casa invita a la copa, texto que viene a demostrar que El cocineto vuelve es mucho más que un libro de recetas de cocina:

¿Cuántas mesan me quedan en la vida?
¿Cuántos vinos con los mismos amigos?
¿Cuántos panes de diferentes trigos?
Cocinar es vivir: cocina herida

porque no quedará siempre encendida.
Pero cocina, sí. Tengo testigos
de que el fuego calienta a los mendigos
y un cocineto es la vida vivida.

Vivir es cocinar: cocina vasca,
mi cocina del sur, las verdaderas
amantes de quien anda y quien camina.

Amigo, para ti puse mi tasca,
puedes seguir viniendo cuando quieras.
Todavía no cierra mi cocina.


            Sinceramente, creo que es una lástima que no sea posible la adquisición del libro en nuestro país, pues estoy seguro de que más de una de las personas que se acerca a este blog leería con placer y provecho libro tan peculiar, bien escrito y con tanto sabor a buena poesía. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario