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lunes, 3 de abril de 2017

Soneto de invierno, de María Luisa Mora

            Durante un par de semanas, a pequeños sorbos, disfrutándolo, he estado en compañía de Soneto de invierno, publicado por Ediciones Vitruvio y último libro de María Luisa Mora Alameda, que tan amablemente me hizo llegar, con una cariñosa y generosísima dedicatoria.  
            Para empezar, diré que el poemario es todo un reto para la autora, que reúne nada menos que ochenta sonetos en un libro valiente, sincero, escrito con una crudeza y dignidad encomiables.
            El poemario está dividido en un poema de entrada y cinco partes, sin título, encabezadas por citas de Quevedo (¡Ah de la vida!... ¿Nadie me responde?), Garcilaso (Cuando me paro a contemplar mi estado / y veo los pasos por do me ha traído.), García Lorca (Tengo pena de ser en esta orilla / tronco sin ramas, y lo que más siento / es no tener la flor, pulpa o arcilla / para el gusano de mi sufrimiento.), Delmira Agustini (Y hay en mi alma un gran florecimiento.), y Lope de Vega (¿Qué es lo que amor me ha dado? / Cuidado. / ¿Y qué es lo que yo le pido? / Olvido. / ¿Qué tengo del bien que veo? / Deseo.) y (Que en mi vida me he visto en tanto aprieto.); todas ellas, pistas que acercan al contenido de los poemas recogidos en cada apartado.
            Escribo sin saber muy bien si acierto / con mis versos nacidos de mi vida, dice en los dos primeros versos del soneto con el que se abre el libro, situando al lector en lo que va a ser el camino de este Soneto de invierno: poemas escritos con las tripas y el corazón, directos, fruto de la dura experiencia de la pérdida de la hija, sin trampa ni juegos malabares. El dolor producido por el vacío que conlleva la pérdida, sus inevitables consecuencias, la necesidad de continuar luchando en el día a día, la esperanza del encuentro con la hija en otra dimensión, el claroscuro continuo en el diario vivir..., todo ello queda plasmado en estos ochenta sonetos —algunos magistrales— ante los que el lector contempla el alma de un ser humano que sufre, que vacila, pero que también sabe levantarse y continuar viviendo, porque así es esta tarea de la existencia hasta el punto final. Y en ese levantarse, la escritura ocupa un lugar determinante, más allá de cúspides o escalafones; la tarea diaria, la amorosa tarea con la palabra, le permiten a la autora encontrar un lugar en el que sentirse ella misma, y desde el que salir al mundo y abrazar la vida. Sirva, como muestra, el soneto con que se cierra el libro, Broto:

¿He escrito lo bastante como para
que me tenga por fin alguien en cuenta?
Llevo ya mucho tiempo en esta rara
ebriedad: en el pan que me alimenta. 

¿Necesario es seguir mostrando aquello 
que me hizo ser el ser con el que vivo,
que me mostró lo frío, oscuro, bello?
—No sé si lo será; pero lo escribo—.

Sé que mi paso no suena rotundo
en la carrera que conduce arriba. 
—Mi escalera tiene un peldaño roto—.

Pero a mí qué me importa, si amo el mundo
y amo mi vocación. No me derriba
jamás el viento airado. Escribo. Broto.


             Sin duda, un libro descarnado y valiente este Soneto de invierno, cuya lectura recomiendo a los degustadores de la buena poesía. 


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