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sábado, 19 de agosto de 2017

A F.G.L., en el aniversario de su asesinato


[Imagen tomada de ABC.es]


A finales de 1982 el Colectivo La Troje, del que formaba parte, publicó mi libro Constancia de las lunas. Aunque, tras tantos años, me encuentre muy lejos del autor que yo era por entonces, rescato hoy, aniversario del asesinato de Federico García Lorca, a modo de homenaje, el poema con el que se cerraba el libro.  

La luna lleva un poeta de la mano

(Homenaje a F. García Lorca)


... por el cielo va la luna
con un niño de la mano...

F.G.L.
````


A través de la luz
y de las cordilleras,
atravesando estanques ya vacíos,
por todos los huecos que en el alba son,
la luna lleva
un poeta de la mano.

¿Quién es? —preguntan los cerezos.

Y dicen los limones:

—La luna le arrancó de su esperanza,
como a un junco le separó del suelo,
se lo bebió de un golpe porque odiaba
su color de aceituna,
su risa nueva y fresca...
porque odiaba su corazón de niño
y su esfuerzo continuo por hallar horizontes.

La luna se le bebió de un golpe
y vertió sobre él plomo y silencio,
pero la tarde recogió sus manos
y esparció sus espigas por la tierra.

—Pero, ¿quién es? —repiten los cerezos.

Y dicen los caballos:

—Sus ojos conocían esa tierra
que tras el alba existe,
esa alegría que muestran las palomas
y conocía el secreto de los insectos claros,
y amaba la justicia
y el vino de los pobres.

Él conocía senderos que nadie ha conocido,
y conocía del toro profundo del silencio.
Él era amigo de las constelaciones,
y los pájaros blancos volaban por su boca.

Pero, ¿quién es...? ¿quién es...?
—insisten los cerezos.

Y dicen los guiñoles:

—Siempre fue un niño grande,
un niño que miraba con asombro las cosas
y nos daba palabras que nosotros decíamos.
Siempre fue compañero de nuestras vidas.
Ondas y pámpanos en el pelo llevaba.

—Él sabía —dice el agua— del cantar de los peces.

—Y del perfecto cielo —apuntan las estrellas.

—Conocía nuestros nombres —dice una margarita—.
Yo era su amiga y hoy aún visto luto negro.

—La luna una mañana se le llevó en silencio.

—Tras sus ojos perdimos un mundo al fin más claro.

—Lloraremos su ausencia hasta que el sol se apague...

Pero, ¿quién es...? ¿quién es...? ¿quién es...?
—se esfuerzan los cerezos.

Y un poeta:

—Su nombre es Federico.

Y otro:

“...por ti pintan de azul los hospitales.”

(Y más allá del viento que le llama

las campanas aún lloran por su nombre.)

2 comentarios:

  1. Qué lorquiano. Y qué verdadero. Se sostiene intacto a través del tiempo. Noraboa.

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    1. Así es, Alfredo. Quizá, demasiado lorquiano. A veces, como en este caso, hay cierta sensación de extrañeza al volver a textos tan lejanos. Qué tú afirmes que se sostiene intacto invita a reducir distancias. Gracias.

      Un abrazo.

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