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viernes, 9 de febrero de 2018

Crónica de una presentación



Ayer, en el salón de actos de la Biblioteca José Hierro de Talavera de la Reina, con un lleno total (lo que da muestra del poder de convocatoria del poeta), tal y como se había anunciado aquí, se presentó La piel del agua, de Pedro Tenorio.

El acto estuvo amenizado por la guitarra y voz del cantautor talaverano Javier Ahijado, que recitó y puso música a alguno de los poemas de este libro. 

Dejo a continuación lo que fue mi intervención en el evento: 

Hace prácticamente tres años —exactamente, el 12 de febrero de 2015— tenía el honor de acompañar a Pedro Tenorio, en este mismo salón de actos, en la presentación de su libro A este lado del Evila, Premio poeta Juan Calderón Matador, 2014.

            En aquella ocasión, hice referencia a la trayectoria profesional y literaria de nuestro autor, alguien, por otra parte, sobradamente conocido por cuantos coincidimos hoy en este salón de actos. Por ello, y para evitar distraerlos con títulos, fechas o premios obtenidos por Pedro Tenorio, voy a centrarme en este nuevo título que el poeta nos regala, La piel del agua, libro magníficamente editado por Cuadernos del Laberinto, con una portada de corte psicodélico a partir de un cuadro de Elena Ray, y en el que, gracias a la amistad y generosidad de Pedro, lo acompaño con un pequeño prólogo.

            ¿Qué es La piel del agua, más allá de ser, obviamente, un libro de poemas? Esa es la pregunta que, bajo mi punto de vista, intentaré contestar durante mi intervención, aclarando, no obstante, que, como casi todas las preguntas, ésta también tiene diferentes respuestas, de modo que cada lector hallará las propias después de haber transitado por el camino, realmente fascinante, que supone la lectura de este libro.

            Como primera y elemental respuesta, diré que La piel del agua es un libro de amor; poesía amorosa que abarca la relación de una pareja desde los primeros pasos, donde todo es fascinación y epifanía; que continúa en el encuentro carnal, erótico, de descubrimiento, conocimiento y reconocimiento en el otro a través del sexo; y que, en su última parte esta relación se serena, remansa y se asoma al mundo exterior, incorporándolo al ámbito cotidiano y cómplice de quienes tienen un pasado común y hacen de cada instante razón de ser y puerta del futuro.

            El libro está dividido en tres partes, claramente diferenciadas entre sí, aunque, al mismo tiempo, perfectamente engarzadas en una unidad de orden superior, de modo que no se entendería por completo cada una de ellas sin la existencia de las otras dos. Podría decirse que La piel del agua está concebido como una gran fábula sobre el amor, desarrollada, como en el teatro clásico, en tres actos: exposición, nudo y desenlace.

            El primer acto, Clamores (Variaciones de Evila), describe el encuentro, los primeros pasos de esa historia de amor.  Podemos apreciar que el libro es deudor, en principio, del poemario que presentábamos hace tres años, A este lado del Evila, siendo Evila un espacio mítico, atemporal, en donde los amantes sustentan su historia.

            En A este lado del Evila se dice: Antes amé tu nombre que tu cuerpo /(Evila es el amor sin nombre propio). Y en La piel del agua: Antes amé tu nombre que tu cuerpo de amor / Quedas palabra mágica hecha música.

            Evila es el amor sin nombre propio. Y, Quedas palabra mágica hecha música. Es decir, que el poeta se adentra en la idea de un amor universal, indefinido, al tiempo que concreto, porque, a fin de cuentas, toda historia de amor es única, y en toda historia de amor respiran las demás historias que el amor mueve.

            En esta primera parte, como digo, comienzan a apreciarse los primeros tanteos entre los amantes. Y éstos se dan en un escenario idóneo, sugerente; diría que hasta cómplice. Ese escenario no es otro que un club de jazz; en este caso con nombre propio, Clamores, como se indica en el subtítulo de esta primera parte. Así, la atmósfera del local adquiere un particular protagonismo, de modo que El foco enciende azules a tus labios, o También como tus labios / es azul ahora el humo. O Se clava lentamente la trompeta / en lo azul de tus ojos. O también: Oscuros rizos surcan / la música del aire.

            A lo largo de los poemas de este primer corpus, desde la fascinación que se respira en la epifanía del amor, el poeta asienta una base sólida sobre la que levantar La espalda del agua, que no es otra que la segunda parte de este hermoso y personalísimo libro. Ésta, a su vez, se encuentra dividida en cinco subgrupos de poemas bajo los títulos de, Albada, La tarde de las bugambillas, Los nombres de tu cuerpo, La desnudez del mundo y Ángeles de alas negras.

            El conjunto de poemas de este apartado constituye la parte esencial del libro. A mi juicio, la más difícil y arriesgada en la labor del autor, pues, ya se ha dicho, aquí el erotismo es indudable protagonista. Y es complicado tratar de erotismo, mostrarlo con palabra que suene novedosa, sin caer en la grosería, en la vulgaridad ni en el lugar común. El poeta acepta ese reto y lo supera —si me permiten— cum laude, dando muestra de su maestría con el verso, de su facilidad de vocabulario y de su capacidad de sugerencia y precisión con la metáfora. Podría señalar multitud de versos que corroborarían cuanto expreso; incluso, leer poemas enteros que subrayan mi afirmación. Ello quedará ratificado en la lectura que Pedro hará a continuación, aunque no me resisto a leerles un breve poema, esclarecedor de lo que les comento:


MAS ALLÁ DE LA LUZ

Ni veo si tus ojos me deslumbran
porque me sientes dentro
del alma enardecida que sin duda
te libera del mundo,
ni veo tus gemidos.
                                      Pero siento
como espuelas tus uñas o tus alas
y el olor de las ondas de tu pelo
y la tibieza exacta que me dice
que sigues siendo tú
aunque yo no te vea.

            Los encuentros carnales entre los amantes son constantes en los poemas que conforman este segundo apartado, y los títulos de muchos de ellos son claramente definitorios: Amazona después de la batalla, Naufragio entre las sábanas, La piel encendida, o Los nombres de tu cuerpo, título genérico éste, ya apuntado, bajo el que se agrupan siete monumentales poemas.

            Pedro Tenorio, como he dicho, emplea un vocabulario preciso, sugerente, donde la sed, la luz, el agua, los peces, las gaviotas, la lluvia, la sal, las mareas... conforman un paisaje propicio al encuentro de los amantes, al reconocimiento del yo en la identidad recíproca del otro.

            Por último, la tercera parte, Los aljibes y las rosas, recoge la mirada enamorada del amante, pero ésta, lejos del jardín cerrado por donde discurría en el apartado anterior, cuando la realidad se centraba en los continuos encuentros amorosos, sale al mundo y, como apuntaba al principio de mi intervención, lo incorpora al ámbito cotidiano. Así, el blanco de las paredes, el pozo, las rosas,  los relojes de sol en la pared... son testigos también de ese amor que se acompasa al día a día, que se asienta y se reconoce en la complicidad del tiempo compartido, y adquiere así una nueva dimensión que lo eleva a la luz. Hay un poema que a mí me parece especialmente esclarecedor y que se titula El espesor del mundo lo aligeras. Comienza diciendo: Estoy con los objetos y con los animales, / la nostalgia, una tortuga, pájaros / y cinco lagartijas... y sigue enumerando diferentes flores y objetos para, en un final que lo conecta de nuevo con la amada, afirmar: Cuando de pronto escucho el roce de tus faldas: / como si hubiera olas en el campo.

            No quisiera aburrirles hablándoles de los aspectos técnicos del libro, aunque sí me gustaría resaltar algo que ya apunto en el prólogo al que antes me refería. No todo lo que se escribe y se publica como poesía es poesía. Hay mucha “ocurrencia” que discurre por los ámbitos literarios como “nueva poesía”, como algo “diferente”, “rompedor”, “innovador”. Incluso, cuando, como digo, muchas veces no pasa de una mera ocurrencia; en ocasiones, un feliz hallazgo, pero que dista mucho de lo que la Poesía, con mayúscula, exige. Así hay, entre comillas, “poemas”, donde el poeta corta el verso por donde mejor le peta, olvidando que ese corte ha de venir marcado por el ritmo, por la adecuada acentuación que lo dota de musicalidad y lo diferencia de la prosa. Y eso no se consigue con algo tan equívocamente valorado, como es la “Inspiración”. No; eso se logra a base de afán, de lecturas previas de los clásicos, de romper muchos poemas, de exigencia. Así, con esfuerzo y mucha dedicación, se escribe un libro como La piel del agua. Un libro que dice mucho más de lo que yo aquí he intentado explicar, y con cuya lectura ustedes disfrutarán, hasta el punto, estoy seguro, de volver más de una vez a releerlo.

            Por mi parte, poco más que decir. Les dejo con la palabra y el verso de Pedro Tenorio. Muchas gracias.  

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